La guerra sucia que se difunde en redes sociales es solo el traspaso de aquella encarnizada guerra sucia en papel que circulaba en pasquines y periódicos en siglos anteriores. El reciente episodio que involucra a Xavier Iturralde, empresario y aspirante al GAMLP, víctima de una campaña de desinformación sobre una presunta internación por consumo de alcohol y drogas, no es solo un ataque contra un candidato, es un síntoma de la degradación democrática en Bolivia.
La propagación de rumores sobre la salud personal de Iturralde en redes sociales marca un punto de inflexión peligroso. En esta época de redes sociales y algoritmos, la banalidad y la mentira tienen un campo fértil de reproducción. Ya se vio esto en años anteriores con los llamados guerreros digitales del MAS. En un ecosistema digital donde la pos verdad viaja más rápido que la objetividad y el razonamiento, el daño moral se convierte en una herramienta de marketing político tan efectiva como vil. En el caso de Iturralde, la falta de pruebas y la estructura coordinada de los ataques sugieren una operación digital destinada a sembrar duda allí donde no hay argumentos ni propuestas.
Con una economía en crisis y una crisis institucional persistente, el municipio paceño no puede permitirse estar en el fango de la difamación o la politiquería. La “altura política”, pues, no es un concepto romántico o abstracto, sino una necesidad práctica de las sociedades democráticas.
Las redes sociales merecen una reflexión aparte y en profundidad. Si bien son espacios de libertad, se han transformado en territorios anárquicos donde el anonimato protege al calumniador y la ignorancia y la bajeza son pan de cada día. Según noticias serias, Xavier Iturralde fue internado, sí, pero aparentemente por una infección y no por adicción al alcohol ni a las drogas.
Por su parte, Iturralde tiene el desafío de no caer en la provocación y responder con propuestas e ideas. Los buenos candidatos, que además de implementar programas deseen contribuir al cambio de la cultura política altoperuana, siempre deben responder con altura a este tipo de ataques. Pero, además, el TSE y las organizaciones de la sociedad civil deben condenar con firmeza aquellas prácticas.
Si asumimos como normal que el chisme personal, plagado de mentiras, reemplace al debate serio e informado, terminaremos perpetuando la politiquería y el golpe bajo de los candidatos mediocres y sin propuestas. Bolivia no necesita más verdugos de la reputación personal, sino políticos con ideas y estadistas que respeten al adversario y, sobre todo, que respeten la inteligencia del votante. Las mentiras esparcidas en redes sobre Iturralde son solo una expresión de las muchas que, lamentablemente, caracterizan la política boliviana de los últimos 200 años.
En las elecciones municipales, La Paz debe tener en cuenta quién destruyó y quién propone y construye. Solo así podrá esperar que la urbe se modernice y avance.
La calumnia sobre la propuesta en política
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