InicioSeccionesOpiniónEl Decreto Supremo 5503: más allá del precio del combustible

El Decreto Supremo 5503: más allá del precio del combustible

Rodrigo Burgoa Terceros

En una gran parte del debate público, el Decreto Supremo 5503 ha sido entendido como sinónimo de incremento en el precio de los combustibles. Sin embargo, esa lectura, aunque comprensible, resulta superficial. Si bien el tema energético es una pieza relevante del decreto, lo que este expresa es algo más profundo: un cambio en la forma en que el Estado decide enfrentar la crisis económica causada por las malas gestiones del Movimiento al Socialismo.
Durante años, Bolivia convivió con un modelo inefectivo, cuya principal función fue administrar la escasez sin reconocerla. Se mantenían precios artificiales, se acumulaban déficits, se cerraban exportaciones y se multiplicaban trámites bajo el argumento de proteger al consumidor. El resultado fue exactamente el contrario a lo prometido: menos producción, menos dólares, más informalidad y una economía cada vez más rígida. El problema no era únicamente fiscal. Era, sobre todo, un problema de lógica.
A lo largo de ese tiempo, la política económica funcionó como una casa con goteras. En lugar de reparar el techo, se colocaban baldes para contener el agua. El problema no era la incomodidad momentánea, sino la negativa a asumir que la estructura ya no resistía. El deterioro avanzaba, aunque se intentara disimular.
Ante ese panorama, el decreto 5503 parte de una premisa distinta: aceptar que el Estado ya no puede sostener artificialmente todos los equilibrios al mismo tiempo. Cuando ese reconocimiento se produce, la política económica deja de ser un ejercicio de corrección marginal y se convierte en una decisión estructural. En ese sentido, el decreto no debe leerse como una medida aislada, sino como una señal.
Dentro de ese marco, el ajuste en los combustibles es el síntoma visible de una discusión más incómoda: qué debe seguir subsidiando el Estado y qué ya no. Durante años, el subsidio fue presentado como política social, cuando en la práctica terminó beneficiando al contrabando, al sobreconsumo y a una estructura productiva poco eficiente. Defender ese esquema insostenible como si fuera intocable es confundir protección social con negación económica.
Asimismo, es importante precisar que el decreto no se limita a corregir precios. Expresa, sobre todo, un intento por redefinir el rol del Estado en la economía. Durante demasiado tiempo, la regulación se confundió con la acumulación de permisos, autorizaciones y decisiones discrecionales que no corrigieron fallas, pero sí añadieron rigidez. El giro apunta a un Estado más selectivo en su intervención y menos proclive a administrar la economía desde el trámite.
Hay, además, un mensaje claro hacia la inversión, no en clave ideológica, sino pragmática. Sin reglas previsibles, nadie invierte. Sin inversión, no hay empleo sostenible. Y sin empleo, ninguna política social alcanza. Durante años se intentó invertir el orden: primero redistribuir, luego producir. El resultado fue un agotamiento fiscal que hoy limita cualquier margen de maniobra.
El decreto refleja también una lectura más realista del tejido económico boliviano. La economía no está compuesta solo por grandes empresas o megaproyectos. Está sostenida por miles de unidades pequeñas, profesionales independientes y emprendimientos que sobreviven entre trámites, impuestos mal diseñados y acceso limitado al crédito. Cuando se los asfixia, no se formalizan: desaparecen o se informalizan aún más. Aliviarles la carga mediante regímenes tributarios extraordinarios, como el SIETE-RG, por tanto, no es una concesión; es racionalidad económica.
En el comercio exterior ocurre algo similar. Durante años se creyó que controlar exportaciones protegía el mercado interno. En la práctica, se castigó al productor y se redujo la generación de divisas. Liberar no significa abandonar controles sanitarios o fiscales; significa dejar de utilizar el comercio como instrumento político. Un país que necesita dólares no puede darse el lujo de bloquear a quienes pueden generarlos.
Adicionalmente, el decreto busca evitar un efecto dominó financiero mediante el diferimiento de obligaciones crediticias. Cuando la economía se desacelera, el crédito se vuelve una trampa: caen los ingresos, aumenta la mora, se restringe el financiamiento y la recesión se profundiza. Dar oxígeno a hogares y pequeñas empresas no resuelve el problema de fondo, pero evita que el daño sea mayor.
Finalmente, hay un punto que suele perderse en la discusión: el decreto no elimina lo social, lo redefine. Mantiene e incrementa transferencias monetarias —como el Bono Juancito Pinto y la Renta Dignidad—, ajusta el salario mínimo y crea apoyos extraordinarios, no como gesto discursivo, sino como condición de viabilidad política. Ningún reordenamiento económico es sostenible si ignora su impacto sobre los sectores más vulnerables.
En suma, el Decreto 5503 no es una promesa de éxito ni una garantía de estabilidad inmediata. Es una admisión necesaria: el modelo anterior nunca funcionó como se afirmaba y seguir administrándolo era más costoso que cambiarlo. La discusión de fondo no es si el decreto incomoda, sino si el país está dispuesto a dejar de negar la crisis y empezar a discutir, con seriedad, cómo salir de ella sin atajos. Es tiempo de reconstruir la casa, esta vez sin excusas ni parches.

El autor es economista y diplomático de carrera con Ph.D. en Ciencia Política y Relaciones Internacionales.

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