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Evo y Tilín, los verdaderos limosneros

Zenobio Quispe Colque

Por ahora no nos referiremos a las personas que, obligadas por la pobreza, piden limosna en las calles para sobrevivir. Durante muchos años, en La Paz era conocido aquel mendigo que repetía insistentemente: “Ñitu, regalame; ñitu, regalame”. Sin embargo, durante los años de la llamada bonanza económica del Movimiento al Socialismo (MAS), las calles de las ciudades comenzaron a llenarse de mujeres, hombres, ancianos, niños y niñas que solicitaban ayuda a la ciudadanía. Muchos de ellos se concentraban incluso en los alrededores de la Vicepresidencia y del Palacio de Gobierno.

En plena época del denominado “proceso de cambio”, del “Vivir Bien” y de los mayores ingresos económicos de la historia reciente del país, resultaba difícil comprender que un gobierno que se proclamaba popular e indigenista no hubiera encontrado una respuesta estructural para este drama social.

Particularmente dolorosa es la situación de familias provenientes del norte de Potosí. Desde hace décadas, durante la época navideña, comunidades de San Pedro de Buenavista, Pocoata y Colquechaca protagonizan una migración temporal hacia distintas ciudades del país, especialmente La Paz, para pedir limosna.

Muchas de estas familias llegan a sobrevivir en condiciones indignas. Algunas pasan las noches en inmediaciones de la antigua terminal de buses, acomodando cartones sobre el piso para protegerse del frío, mientras otras levantan precarias carpas de plástico cuando llueve. Quienes pueden hacerlo pagan pequeños espacios en conventillos de la zona de San Pedro, donde deben conformarse con colchones deteriorados.

Este problema no nació con el MAS. Pero precisamente por eso resulta más difícil entender que un gobierno que durante catorce años dispuso de ingresos extraordinarios por la exportación de gas no haya desarrollado una política seria para enfrentar esta situación. Nadie pretende prohibir a estas familias desplazarse por el territorio nacional. La pregunta es otra: ¿por qué no fueron creados programas de emergencia para brindarles alojamiento digno, alimentación, higiene, educación y, sobre todo, oportunidades de trabajo?

¿Dónde quedó el “Vivir Bien” cuando familias enteras tenían que dormir sobre cartones en las calles?

 

Los otros “limosneros”

Hoy aparecen pintadas en algunas paredes de El Alto y La Paz con expresiones como “Paz limosnero”, en referencia a los créditos internacionales solicitados por el actual gobierno. El término no deja de ser llamativo, porque fueron precisamente sectores vinculados al MAS quienes durante años utilizaron la palabra “limosnero” para descalificar a otros gobiernos cuando recurrían al financiamiento externo.

Pero si vamos a hablar de “limosneros”, conviene revisar la historia reciente de nuestra deuda y de nuestras reservas internacionales.

El gobierno de Evo Morales recibió un país con una situación externa considerablemente más favorable que la que dejó al terminar su mandato. Bolivia se benefició, además, de una importante reducción de su deuda externa y, posteriormente, de una extraordinaria bonanza derivada de los elevados precios y volúmenes de exportación de gas.

A pesar de esos ingresos extraordinarios, durante los años del MAS la deuda pública volvió a crecer de manera considerable. Las reservas internacionales, que alcanzaron niveles históricos, también fueron reduciéndose progresivamente. El problema, por tanto, no es simplemente que un gobierno recurra a créditos externos. El verdadero problema es qué se hace con los recursos obtenidos y qué patrimonio se deja a las futuras generaciones.

Durante la gestión de Luis Arce, la situación se agravó. Las reservas internacionales continuaron disminuyendo, el país recurrió nuevamente al endeudamiento y el oro de las reservas internacionales llegó a ser utilizado como respaldo financiero. De esta manera, el discurso de quienes antes calificaban de “limosneros” a otros gobernantes terminó chocando con la realidad de sus propias gestiones.

Por eso, antes de acusar al actual gobierno de ser el único responsable de la deuda, corresponde realizar una auditoría histórica y pública de la deuda externa e interna: cuánto se contrajo, en qué gestión, con qué organismos, bajo qué condiciones y, sobre todo, en qué se gastó.

El Banco Central de Bolivia y las instituciones responsables deberían ofrecer a la población información clara, completa y verificable sobre la evolución de la deuda y de las reservas internacionales durante cada administración.

 

¿Qué quedó de la bonanza?

La pregunta fundamental no es solamente cuánto dinero ingresó al país, sino qué quedó después de aquella bonanza.

Bolivia tuvo la oportunidad histórica de transformar los extraordinarios ingresos del gas en una economía productiva, diversificada y sostenible. Sin embargo, el país llegó a la crisis actual con graves problemas de producción de hidrocarburos, escasez de divisas y combustibles, empresas públicas cuestionadas y una creciente dependencia del endeudamiento.

Los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce, ambos del MAS, deben responder políticamente por la administración de los recursos que tuvieron a su disposición. No resulta razonable que después de tantos años de ingresos extraordinarios se pretenda explicar la actual crisis únicamente por factores externos o responsabilizar exclusivamente a los gobiernos posteriores.

Y aquí aparece la ironía del título: quienes durante años llamaron “limosneros” a otros gobernantes por acudir al crédito internacional terminaron recurriendo también al endeudamiento, después de haber administrado una de las mayores bonanzas económicas que conoció Bolivia.

Por eso, si la palabra “limosnero” va a utilizarse como insulto político, debería aplicarse primero a quienes tuvieron una riqueza extraordinaria en sus manos y no lograron convertirla en desarrollo sostenible.

Evo Morales y Luis Arce recibieron una Bolivia con importantes recursos y oportunidades; hoy dejan una economía debilitada, reservas disminuidas y una pesada carga financiera.

La historia juzgará si aquella enorme bonanza fue realmente utilizada para construir el futuro del país o simplemente para financiar un modelo político que terminó consumiendo buena parte de la riqueza acumulada.

Mientras tanto, las familias pobres continúan llegando a las ciudades para pedir limosna.

Esa es quizá la mayor contradicción de todas: un país que recibió miles de millones de dólares por sus recursos naturales y que, sin embargo, no fue capaz de garantizar una vida digna a sus ciudadanos más pobres.

Ahí están Evo y Tilín, los verdaderos “limosneros”: no quienes extienden la mano para sobrevivir, sino quienes, teniendo la riqueza del país en sus manos, no supieron —o no quisieron— convertirla en bienestar duradero para los bolivianos.

 

El autor es comunicador social.

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