Cuando hablamos de sables o espadas, pensamos en armas blancas empleadas por la caballería e infantería en los siglos XIX y XX. Sin embargo, varias de ellas se han transformado en verdaderos testigos de la historia y en recuerdos emblemáticos que evocan campañas, personajes y episodios que marcaron el rumbo del país.
El primero que recordamos es la espada vencedora de Ayacucho. Heredada por el coronel Belford H. Wilson, éste la remitió como obsequio al general José Ballivián. Tras la muerte del héroe de Ingavi, la dejó en herencia a su hijo Adolfo, quien a su vez la entregó al Congreso Nacional. Para garantizar su resguardo, el presidente Tomás Frías promulgó la Ley de 6 de octubre de 1874, que dispuso: “5°. La espada del vencedor de Ayacucho será colocada en el salón de sesiones, a la derecha del retrato del Gran Mariscal, a la altura del brazo y al centro de una guirnalda de laurel entrelazada por una cinta con esta inscripción: ‘9 de diciembre de 1824’”.
En 1836, el mariscal Andrés de Santa Cruz, mediante el decreto de mayo de ese año, adjudicó tres espadas de honor a los “…generales Felipe Braun, Francisco Anglada y José Ballivián…” (Art. 1), en reconocimiento a su heroico comportamiento en la batalla de Socabaya, acaecida el 7 de febrero de 1836.
De esta época también proviene el histórico sable utilizado en el cambio de guardia que realiza el Regimiento 1ro. de Infantería “Colorados”, Escolta Presidencial, en el Palacio de Quemado. Una nota titulada “Palacio de Gobierno. Histórico sable es usado en el cambio de guardia”, publicada en EL DIARIO, el 9 de enero de 1968, detalla las distintas leyendas que lleva inscritas: “El 23 de abril de 1828, fiel a la Constitución”; “El 13 de agosto de 1835 vencí en Yanacocha”; “El 5 de febrero de 1836 actué en Uchumayo”; “El 7 de febrero de 1836, en Socabaya de La Paz al Perú”… “Asistí a los Tratados de Paucarpata”; “Gratitud al Ejército Boliviano”; “Honor y Patria”; “estuve en el combate de Mecapaca” y “Salvó la batalla y su gloria en Ingavi, el 18 de noviembre de 1841”.
Entre estos símbolos de acero recordamos el que acompañó a José Ballivián en la batalla de Ingavi, y que posteriormente fue entregado a la Convención de ese momento. Sobre ello, el periódico La Época, el 28 de junio de 1843, detalló: “La soberana Convención, penetrada de un vivo entusiasmo, ha querido que la espada de tan libre jefe se deposite en el augusto santuario de las leyes como la más bella recompensa decretada por la voz de la justicia en la carrera de la gloria y del honor nacional”.
En cuanto a una reliquia desaparecida, EL DIARIO, en el centenario de la batalla de Ingavi, recuerda en la nota “La ofrenda de oro macizo”, publicada el 18 de noviembre de 1941: “Ofrecido por la Sociedad Boliviana de París al vencedor de Ingavi. El modelo fue proyectado por el artista Ber. En torno al escudo nacional se hallan la Fama y la Victoria; en la parte superior, el Tiempo y la Historia. Al centro, la Industria y la Agricultura”.
Más adelante, en el marco de la Guerra Hispano-Sudamericana (1865-1866), el general Mariano Melgarejo envió su espada —fabricada en Bolivia— al coronel Prado, adjuntando una nota en la que expresaba: “…envío a U. de obsequio la espada de mi uso, que tiene el mérito particular de ser trabajada en Bolivia. Jamás he sido vencido cuando la he llevado al cinto a la hora del combate. Úsela en mi nombre…”. La historia recuerda que fue precisamente esta espada la que el presidente del Perú llevó durante la jornada del 2 de mayo de 1866.
A modo de conclusión, estos sables y espadas no solo fueron armas. Hoy son parte de la memoria material con la que Bolivia narra su propia historia.
El autor es miembro de la Academia Boliviana de Historia Militar (ABHM).
