El cielo de Bajo Llojeta aún guarda la memoria de aquel 23 de noviembre, cuando una masa de tierra descendió desde el cementerio Los Andes, arrastrando lodo, piedras, viviendas y recuerdos. A un año de la tragedia, vecinos y autoridades se reunieron para rememorar el evento que transformó sus vidas y sus calles.
El alcalde Iván Arias lideró la ceremonia con palabras cargadas de fe y esperanza. “He buscado una lectura de Ezequiel 36, para que sin la ayuda del Señor nada podríamos hacer. Nosotros somos solamente instrumentos”, dijo; mientras los asistentes se ponían de pie para escuchar la palabra divina: “Las ciudades que fueron desoladas… serán habitadas y fortificadas. Donde había desolación, la tierra vendrá a ser como jardín del Edén”.
La oración abrió un espacio de reflexión sobre el dolor vivido y el esfuerzo desplegado desde aquel día. Arias recordó con detalle cómo la tierra, arrastrada por la fuerza de la naturaleza, llegó a cubrir la bóveda del río Pasajahuira.
“No buscamos culpables, buscamos respuestas y soluciones. Hemos trabajado todos los días, pese a las dificultades, pese a la falta de combustible y al aumento de precios”, señaló.
La obra de recuperación fue titánica: más de 25.000 metros cúbicos de lodo y escombros, equivalentes a unas 3.500 volquetas, fueron retirados por el equipo municipal y los vecinos. Se reconstruyeron banquinas, se repararon barreras, y se limpió y fortaleció la bóveda para garantizar que el agua fluya sin riesgo de desbordes.
El costo de esas acciones, 12,5 millones de bolivianos, fue financiado a fuerza de ajustes presupuestarios y sacrificios en la planilla municipal, una demostración de que la prioridad del gobierno local ha sido la seguridad y bienestar de la comunidad. “Lo más difícil es gobernar sin plata, con acoso judicial y con la presión de la adversidad. Pero aquí estamos, dando la cara, asumiendo nuestra responsabilidad”, afirmó el burgomaestre.
Los vecinos también compartieron su voz. Julieta Clavijo, presidenta de la urbanización El Prado, recordó el dolor, la pérdida de bienes y la incertidumbre del año pasado. También resaltó la paciencia, el compromiso y la presencia constante de la Alcaldía.
“Estamos agradecidos por el trabajo realizado, pero pedimos un nuevo proyecto de embovedado para garantizar que estas aguas no vuelvan a traer destrucción”, sostuvo con firmeza y esperanza.
Entre la fe, la memoria y el esfuerzo colectivo, Bajo Llojeta empieza a recuperar su rostro. Las calles, antes cubiertas por lodo y escombros, hoy muestran signos de vida y reconstrucción, mientras el río Pasajauira, encauzado y protegido, susurra una promesa de seguridad para quienes allí habitan.
Un año después, la tragedia dejó cicatrices, pero también sembró una certeza: que con trabajo, fe y comunidad, incluso la tierra más azotada puede volver a florecer.
A un año de la tragedia
Recordaron desastre en Bajo Llojeta, que arrasó viviendas
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