La situación de Evo Morales Ayma, expresidente del Estado Plurinacional, es una de las más novelescas, porque solo la realidad puede producir fenómenos de esa naturaleza. Es más, la inteligencia humana no podría imaginar un caso así. Y es que, por su escabrosa vida, se ha convertido en protagonista de una tragicomedia incomparable.
Fue, durante veinte años, la figura más enigmática de la política boliviana y es acusado de haber destruido a la nación que le tocó gobernar. Desde hace décadas no deja de ser motivo de interés de medios de comunicación y tiene seguidores que lo veneran. Pero hoy está sometido a restricciones por orden judicial.
Vive poco menos que encarcelado en su “Estado” chapareño, recluido en su “chaco” de cuarenta hectáreas, donde también hay cultivos de coca. Apenas sale a dar una vuelta por los alrededores, protegido por una guardia bien remunerada, que lo cuida para que no lo aprese la justicia, acusado de trata agravada de personas. Su vivienda está rodeada por una cortina de alambre de púas y algunas trincheras, con un puesto de observación.
No puede salir del territorio de su dominio, ni del departamento de Cochabamba, por temor a ser enviado a prisión. Tampoco puede salir de Bolivia porque en varios países es objeto de acciones judiciales y apresamiento. Tiene un aeropuerto moderno que lo puede sacar al exterior en forma clandestina, pero está tan controlado que, en caso de salir por aire, no tiene dónde aterrizar o corre el riesgo de ser derribado por vuelo ilegal. Vive atemorizado debido a que la desconfianza lo consume. Se sobresalta por cualquier pequeño informe que sirva para apresarlo.
La justicia boliviana dio la orden de apresarlo y ha intentado varias veces hacerlo, pero sin éxito. El personaje está, pues, preso de sí mismo y fuera de la justicia, esperando solución para su caso, como ser juzgado por leyes indígenas, según la justicia plurinacional vigente. Ese y otros pedidos han fracasado. En todo caso, el Ministerio de Gobierno le sigue los pasos, la Fiscalía no menos. El nuevo gobierno ha declarado que solo la justicia puede decidir sobre ese asunto.
Morales, por tanto, está encarcelado de sí mismo. Vive atento a cualquier ruido y listo para fugar en cualquier momento, con la protección de hombres armados. Las autoridades, no se animan a una acción final, por temor a hechos de sangre que serían de repercusión interna y externa. Entonces, ¿qué hacer con este evadido de todos los medios de seguridad y justicia?
Finalmente, si fuese aprehendido, el asunto sería un dolor de cabeza para el presidente Rodrigo Paz. En esa forma, Morales sigue libre, pero temeroso. No se lo puede dejar en libertad y tampoco apresarlo.
Esa situación del cocalero, al parecer no tiene solución y se deja las cosas como están. Evo seguiría preso de sí mismo, soñando con volver a volar en el avión presidencial, sin causar presiones externas. Por tanto, se dedica a su chaco, a cultivar coca en el terreno que le dotó la reforma agraria y a la crianza de peces.
La cárcel interna de Evo Morales
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