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La era del político-performer: redes, emociones y el declive de los programas

Rolando Coteja Mollo

La democracia contemporánea asiste a una transformación en la forma en que los electores evalúan y eligen a sus representantes políticos, la creencia de que los programas de gobierno son el elemento decisivo en las contiendas electorales ha quedado obsoleta. Hoy, la imagen, la personalidad y los gestos simbólicos han adquirido un protagonismo innegable, marcando una evolución en los mecanismos de legitimidad democrática que merece un análisis.

El caso de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de 2024 ilustra este fenómeno de manera paradigmática, su mediática visita a un McDonald’s, donde se le vio preparando papas fritas, generó mayor impacto electoral que cualquiera de sus propuestas de política pública, este episodio simboliza la transición hacia lo que Moffitt (2016) denomina «política performativa», donde los actos simbólicos y la construcción de una imagen auténtica superan en efectividad a la argumentación racional basada en programas detallados.

La revolución digital ha acelerado y profundizado esta transformación, las redes sociales privilegian el contenido emocional, visual e inmediato por encima de los análisis programáticos complejos, como señala Bennett (2012), la «lógica de conectividad personalizada» que caracteriza a los medios digitales favorece la construcción de vínculos emocionales directos entre políticos y ciudadanos, obviando las mediaciones institucionales tradicionales donde los programas tenían mayor peso.

La investigación de Theocharis y Van Deth (2018) demuestra que los votantes jóvenes, nativos digitales, procesan la información política de manera diferente a las generaciones anteriores, su evaluación se basa en criterios como la autenticidad percibida, la coherencia entre mensaje e imagen, y la capacidad de generar identificación emocional, estos factores, considerados secundarios, se han convertido en los elementos centrales del juicio político contemporáneo.

El «semblante» del político –su forma de moverse, hablar y presentarse ante las cámaras– ha adquirido una importancia inédita, los estudios de comunicación no verbal aplicada a la política muestran que los electores forman juicios definitivos sobre los candidatos en los primeros segundos de exposición visual, mucho antes de procesar cualquier contenido programático, esta primacía de lo gestual y contextual refleja una evolución antropológica en los mecanismos de evaluación del liderazgo.

Como se mueve el político se ha convertido en un mensaje en sí mismo, la elección de escenarios, la forma de vestir y los gestos aparentemente espontáneos constituyen un lenguaje político sofisticado que comunica valores, cercanía y autenticidad de manera más eficaz que los discursos programáticos tradicionales. Como argumenta Wodak (2015), estamos ante una «espectacularización» de la política que no implica su banalización, sino su adaptación a nuevas formas de significación social.

Esta transformación plantea interrogantes profundos sobre la calidad democrática, por un lado, podría argumentarse que la política performativa democratiza el acceso al poder al privilegiar habilidades comunicativas y de conexión emocional por encima del dominio técnico de políticas públicas complejas.

Por otro lado, existe el riesgo de que criterios superficiales sustituyan la evaluación racional de propuestas gubernamentales. Levitsky y Ziblatt (2018) advierten sobre los peligros de una política personalizada, donde el carisma individual puede sobreponerse a los controles institucionales democráticos.

Sin embargo, otros autores como Urbinati (2014) sugieren que la personalización política puede fortalecer la representación democrática al crear vínculos más directos y comprensibles entre representantes y representados, generando así una conexión más íntima entre el votante y su elegido.

La realidad electoral contemporánea nos obliga a reconocer que los mecanismos tradicionales de evaluación política han evolucionado, los políticos que persisten en creer que los programas detallados son suficientes para ganar elecciones operan con una lógica obsoleta que ignora las profundas transformaciones en la comunicación política y las expectativas ciudadanas.

Esta nueva era no debe interpretarse como una degradación de la democracia, sino como su adaptación a contenidos comunicativos y culturales transformados, el desafío radica en encontrar formas de integrar la nueva política performativa con mecanismos efectivos de rendición de cuentas y evaluación de resultados gubernamentales.

La democracia del siglo XXI requerirá ciudadanos capaces de transitar tanto los aspectos simbólicos como los sustantivos del poder político, y políticos que comprendan que gobernar en democracia implica tanto la efectividad administrativa como la construcción permanente de legitimidad simbólica.

 

El autor es politólogo-abogado y docente universitario.

rcoteja100@gmail.com

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