Su gestión fue un fracaso, pero al parecer estos últimos meses han sido los más terribles para Luis Arce, quien enfrenta no solo las consecuencias de su deficiente presidencia, sino también cuestionamientos a su moralidad y a la de su familia. Todo parece indicar que los procesos judiciales le lloverán y que tendrá que comparecer ante un juez. De hecho, es deseable que esto ocurra, si pretendemos vivir en un sistema democrático, esto es, en un sistema en el que los delitos no quedan impunes.
Hace unas semanas se informó que Luis Arce tuvo una relación con Brenda Lafuente (exdirectora de la AJAM) y que supuestamente tuvo un hijo con ella. Fue la propia Lafuente quien salió a los medios a contar que desde 2023 había tenido una relación sentimental con Arce y que se veían en la Casa Grande del Pueblo, y a denunciar que desde hacía muchos meses había estado tratando de contactarlo para que se realicen una prueba de ADN, pero que no había podido lograrlo. Según la versión de la mujer, se lo intentó contactar con varios números de teléfono, pero Arce los bloqueaba una y otra vez… Hace unos días, luego de un tira y afloja en redes sociales y medios, Arce fue a declarar en la Fiscalía, pero se acogió a su derecho al silencio, que fue muy elocuente.
Dos cosas deben ser consideradas por la opinión pública: 1) que el presidente no haya utilizado la Casa Grande del Pueblo para trabajo oficial exclusivamente, como debería ser, y, sobre todo, 2) no responder oportunamente a la demanda sobre un hijo que habría tenido como resultado de una relación con Lafuente, en caso de que lo que cuenta ella sea verdad. No se debe olvidar que Evo Morales tiene en su historial antecedentes similares y una orden de aprehensión que tiene relación con un asunto referido a estos temas.
¿La opinión pública puede fiscalizar lo que hace o no hace el presidente en su vida privada? Todos tienen derecho a una vida privada. Pero lo que ocurre es que, moralmente, los más altos líderes y autoridades tienen el deber de llevar una vida no digamos intachable (“El que esté libre de pecado…”), pero sí ejemplar o que esté en el marco de lo éticamente razonable. No obstante, lo más censurable es que el primer mandatario haya tardado en responder al reclamo sobre el supuesto hijo que, según Lafuente, tendría con esta mujer. ¿A dónde estamos llegando como sociedad? ¿A aceptar como normal que el presidente se desentienda de demandas como la mencionada? No se puede ser un buen funcionario, y menos un buen presidente, si lo que ocurre dentro del hogar es motivo de cuestionamiento, pues la vida pública no es sino una extensión de la vida privada. ¿Hasta cuándo la sociedad boliviana tolerará o, peor, verá como normal casos de pederastia, infidelidad o libertinaje? No puede haber sociedad democrática cuando aquellos elementos se hacen tolerables o parte de “lo normal” en los políticos.
Es momento de reflexionar sobre todos aquellos nuevos “valores” que impusieron las izquierdas en el mundo, tales como las relaciones abiertas o la relativización de la familia. De ese cuestionamiento dependerá la supervivencia de la civilización y la democracia.
La mala hora de Luis Arce
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