Es de conocimiento general que los métodos que emplea el fundamentalismo islámico para permanecer en el poder o difundir su religión no son los más pacíficos o persuasivos. El fundamentalismo islámico, que en términos políticos se basa en la teocracia, es siempre violento y antidemocrático, y como dice estar en contra del imperialismo y la cultura occidentales, se alinea a las izquierdas del mundo. Su método de lucha es generalmente el terrorismo, y aunque su poder armamentístico es notablemente inferior que el de las fuerzas democráticas, logra instaurar miedo y zozobra en todas aquellas sociedades que tienen la desventura de convivir con él.
Hay muchas diferencias entre el fundamentalismo islámico, e incluso entre el islam no necesariamente radical, por un lado, y las ideologías políticas de la izquierda contemporánea, por otro. Aquel es antifeminista y éstas, no. Aquel es anti grupos LGBT y éstas, no. Etcétera. Sin embargo, en la hora decisiva, aquellas diferencias nada significan para que el islam y las izquierdas no puedan cerrar filas y enfrentarse juntos a lo que ellos creen debería ser eliminado, a saber, la civilización occidental. No les interesa que sus postulados no puedan unirse en una solución coherente de ideas; lo que más les importa es oponerse a todo lo que pueda provenir del odiado Occidente, como la democracia representativa y liberal o los libres mercados, entre muchas otras cosas.
Son estas incoherencias las que les hacen proferir a líderes como Lula da Silva o Luis Arce ciertas imposturas que lo único que logran es revelar los vacíos ideológicos o el oportunismo de la izquierda internacional. Hace unos días, Lula condenó enérgicamente el ataque de Estados Unidos a las instalaciones nucleares de Irán. Y lo propio hizo Luis Arce, además de otros mandatarios izquierdistas de la región. Pero, ¿es que la izquierda aplaude a una dictadura teocrática como Irán? ¿La autodeterminación de los pueblos puede ser excusa para aprobar las sistemáticas violaciones a derechos humanos o el terrorismo perpetrado por los regímenes islámicos como el del ayatolá Alí Jamenei? La izquierda se llena la boca con las palabras democracia, derechos humanos o Estado de derecho, pero al defender a una dictadura como la de Irán no puede no estar, cuando menos, yendo en contra de aquellos postulados.
Lo indudable es 1) que el gobierno de Irán tiene un ambicioso programa nuclear, 2) que ese país, pese a tener elecciones parlamentarias, no es una democracia, sino algo más parecido a una dictadura y 3) que el fundamentalismo islámico apela a la fuerza (al terrorismo) para conseguir sus objetivos. Todo ello no puede sino poner susceptible al pueblo de Israel, enemigo histórico de los islámicos radicales.
Pero esas razones parecen no ser sopesadas por esa izquierda frívola e ideologizada que repite consignas y frases hechas cuando se necesitan líderes que emitan juicios racionales. ¿Por qué esa izquierda nada dijo ante la invasión de Rusia a Ucrania? Son esas imposturas las que revelan su debilidad ideológica y, sobre todo, su sentido de conveniencia…
Irán: la impostura de las izquierdas
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