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Aquel niño travieso que fui

Nelcy Ximena Quispe Colque

Es un título sui generis y muy llamativo: “Aquel niño travieso que fui”, de la obra escrita por un famoso comediante de nuestro país. Estamos hablando de W. David Santalla Barrientos (2018), quien ha escrito su semi autobiografía, como afirma de su infancia, recomendando en nota de autor a los niños lo siguiente: “No imitar semejantes travesuras, por el bien de su salud y de su familia”. Refleja el humor innato que lleva en su sangre, cuando aduce que este libro es semi autobiográfico: semi porque casi es; auto porque siempre quise tener auto; bio no sé por qué; y gráfico… tampoco sé”.
En la introducción de su libro, afirma: “Juega en el patio de la casa grande de aquel Miraflores que antiguamente se llamaba Poto-Poto, nombre derivado de la onomatopeya andina ‘phutu-phutu’, por ser una zona donde abundaban ojos de agua con barro negro de donde botaban burbujas de gas, debido a la descomposición de sustancias orgánicas ricas de ácido sulfhídrico; estas al reventar en la superficie, sonaban más o menos así: put, put… Sonido que los españoles no pudieron identificar sino como “poto poto”, y con el paso de los años las damas… Se ruborizaba cada vez que se mencionaba el barrio paceño donde vivían” (pág. 7).
Santalla, hijo de un militar respetado, en su infancia era apodado como: “plaga”, porque solía frecuentar la tienda de doña Leonor. Cuando el pequeño aparecía, la dueña de la tienda, una anciana de la tercera edad (pág. 8): “se apura a tomar las precauciones necesarias para que el chico no logre ingresar a su negocio. ¡No es que lo odie, no…! Es que cualquier persona se quedaría escaldada de ver que al tremendo diablillo se le hubiera ocurrido en una ocasión anterior lanzar unos petardos chinos al saco de harina que estaba en la tienda… la señora más parecía una momia blanca por la harina que se había esparcido por doquier”.
En una ocasión el niño “plaga”, recolectó: “Hormigas rojas en un frasco con dulce, para luego llevarlo tapado, a toda carrera hasta la tienda y vaciarlo en un saquillo de azúcar. ¡Claro! La sana intención del pequeño era que las pobrecitas criaturas… se alimenten gratis dentro del almacén de doña Leonor. La pobre doña quedó al borde de un infarto, pero tuvo suerte: solo le vino una crisis de nervios”. Por cierto, “mitad de las canas que lucía doña Leonor eran por la edad; más, la otra mitad sí que fueron por causa de los colerones o rabietas provocadas por nuestro consabido Davichito…, el Plaga” (pág. 9).
El autor relata con lujo de detalles una serie de travesuras que protagonizó y propició Davichito. Por ejemplo, comer las hostias con vino dulce, pensando que eran unas ricas galletas: “Había entrado a la sacristía para curiosear el lugar y ver al señor cura… Hubo algo que le llamó la atención y provocó su antojo: una pila de hostias que parecían unas ricas galletitas. Fue, entonces, que le entraron unas irresistibles ganas de comérselas… al sorprenderlo en semejante tragonería, el señor cura pegó un grito al cielo, no por las hostias, sino porque se la había juntado con el vino dulce de la misa” (pág. 11).
Al leer el libro es seguro que soltarán risas, aquí… Y muchos otros ja, ja, ja, ja, allá en el seno familiar con los hijos; por múltiples travesuras contadas en forma de semi autobiografía por David Santalla. Lectura recomendada para todo público.

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