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¡Mártir de la integridad!

Hastiado de un sistema judicial descompuesto hasta la pestilencia, no puedo menos que elevar una voz de protesta, porque qué más puede superar al ensañamiento con que se ha tratado al exdirector del Fondioc, Marco Antonio Aramayo.
Me enteré por prensa que sobre la exautoridad pesaban más de 255 procesos judiciales… No importa si son algunos más o menos. De cualquier forma, me equivoqué al creer que la persecución judicial alentada por el Gobierno de Evo Morales contra el expresidente del desaparecido Servicio Nacional de Caminos, José María Bakovic, fue el límite del descaro con que el poder político maneja a un solícito Órgano Judicial, cuando aquél decide descargar su odio contra quien osa ponérsele al frente en lo ideológico o denuncia la corrupción en que, especialmente, se desenvolvió el gobierno masista.
Solo en un Estado desquiciado por la inquina puede admitirse que alguien cometa tantos delitos o incumpla tantas obligaciones como para que se le instaure la inaudita cantidad de procesos judiciales, administrativos, coactivos y hasta por infracciones de tránsito, que Aramayo tuvo que cargar sobre sus espaldas. En el mundo actual, ni el egipcio Ayman az Zawahiri, líder de Al-Qaeda y probablemente el criminal más buscado del mundo, con seguridad, tiene los procesos judiciales que al desventurado exdirector le han instaurado. Simplemente ni la suma de todas las normas sancionatorias ni el tiempo de ejercicio en el cargo permitirían a alguien cometer tantos delitos como para ganarse tantos juicios. Al integérrimo reo no solo le han vaciado todos los códigos punitivos por su atrevimiento al denunciar un millonario desfalco contra varios militantes influyentes del Movimiento Al Socialismo, sino que aquél denunció otras graves irregularidades.
Si esos antecedentes no configuran un auténtico martirio que sufrió el exdirector del Fondioc, no sé qué otro nombre pudiera merecer.
Marco Antonio Aramayo ha superado con creces la categoría de víctima de nuestra justicia corrupta para inscribirse en la del verdadero mártir, porque a pesar de haber sido encarcelado y a los pocos días de ello haber reiterado mediante carta al presidente Evo Morales la denuncia sobre el caudal de dinero robado en el Fondioc, ha pagado delitos ajenos, lo que representa que su muerte es la consecuencia de su irreverente actitud, tal y como le vaticinara a su abogado. Muy dentro de él, esperaba la muerte.
Y es que, a la infortunada exautoridad, que ha sido inicialmente víctima de la furia gubernamental, la torcida actuación de nuestra “justicia” terminó haciéndola mártir a causa del sufrimiento físico y emocional a que por años fue sometida. Su martirio comenzó en un encierro absolutamente injusto por siete años, el cual se somatizó en varias enfermedades crónicas, haciéndose mártir no por el despiadado trato sino también por la causa que dio lugar a su sufrimiento. Su sino fue haber sido parte de un Gobierno que muy pronto le dio la espalda, montando un cúmulo de ligerezas y propósitos aviesos que la justicia se encargó de encubrir en lugar de desmontar la inmensa maquinaria de embustes y derruir la montaña de oprobio y de mentiras que se tejieron a raíz del escándalo Fondioc y sus verdaderos autores, como si el pueblo boliviano estuviera conformado por imbéciles…
Esta justicia, la que se nos ha impuesto, se ha encargado, con malignidad, de asesinar a un hombre que muy anticipadamente sabía el cruel destino que le esperaba. Es simple: no puede haber sociedad civilizada en que se le imputen tantos cargos a un individuo porque la vida misma no le alcanzaría para cometer las inconductas que se le atribuyen. Y no es necesario conocer los actuados de cada proceso que al infausto Aramayo se le ha iniciado para saber que quienes han cometido tan vergonzosos desfalcos han recibido el favor de la justicia, inventando, maniobrando y dislocando a su antojo, como dicen los hombres del derecho penal, “la verdad histórica de los hechos”. Así somos. Así estamos.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor.

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