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Guerras y crisis: Tengo malas noticias

Parte I

La guerra, las guerras, todas horribles según Virgilio, la negra nube de la odiosa guerra de Aristófanes, fuente de todos los males y de toda corrupción moral para Kant, es de acuerdo con el historiador británico Richard Holmes una experiencia universal que comparten todos los países y todas las culturas y ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad.

«Tristes guerras
si no es amor la empresa”.
Miguel Hernández

La muerte y la destrucción que acompañan a la guerra han sido fuente permanente de inspiración para pintores, músicos, escritores, filósofos, economistas o cineastas. Obras como el Guernica de Picasso, la Sinfonía nº3 «Sorrowful Songs» de Gorecki, Lisístrata de Aristófanes, la Paz perpetua de Kant, Como pagar la guerra de Keynes o Senderos de Gloria de Kubrick se deben a la constante presencia histórica de la guerra y sus horrores.
A pesar de la denuncia generalizada del sufrimiento humano que acompaña a la guerra, tengo malas noticias.
Aunque pueda parecernos un error del entendimiento moralmente aberrante a ojos de quienes hemos sido educados en el compromiso con el prójimo de la moral cristiana y/o en el respeto de los valores éticos de libertad, igualdad, justicia y solidaridad, de la democracia liberal, aún hoy, hay quienes consideran la guerra como una necesidad. Así para Hegel «la guerra es bella, buena, santa y fecunda; crea la moralidad de los pueblos y es indispensable para el mantenimiento de su salud moral”.
Sin embargo, a pesar de la fecundidad de la guerra anunciada por Hegel, tras la II Guerra Mundial Beveridge definía cinco gigantes a los que era preciso destruir para la reconstrucción: la Indigencia, las Enfermedades, la Ignorancia, la Suciedad y la Ociosidad.
Los que creyeron que los derechos humanos eran ilimitados, dejándose atraer por una espiral inflacionista de derechos, aquellos que creyeron que las libertades fundamentales habían sido conquistadas para siempre, los que creyeron que la paz sería permanente y los horrores de la guerra nunca más serían posibles en la civilizada Europa, los que creyeron en el pacifismo naive del no a la guerra y no a la disuasión, los convencidos del pacifismo de bajar los brazos ante el agresor como arma de bondad infalible para conquistar la paz, deben saber que aún hoy, en pleno siglo XXI hay entre nosotros quienes glorifican la guerra, la violencia política y la pobreza como higiene del mundo.
Estamos cerca de completar el primer cuarto del Siglo XXI, un tiempo histórico nuevo que comenzó con los atentados del 11 de septiembre de 2001, un tiempo de desigualdades socioeconómicas crecientes y sucesivos desastres socio ecológicos.
La crisis financiera global de 2008, la Gran Recesión, que según la OIT significó la pérdida de empleo para más de 40 millones de personas en el mundo, los desastres naturales devastadores cada vez más frecuentes, el huracán Katrina, las inundaciones repentinas en Europa, Filipinas o China, las plagas de langosta en África y Oriente Medio y la proliferación de incendios forestales que han arrasado millones de hectáreas de bosque por todo el planeta, desde Rusia a Australia o Estados Unidos.
La turbulencia con la que ha comenzado este Siglo XXI, se completa con una triada de amenazas globales que se ciernen sobre el futuro de la humanidad, sobre el medio natural en el que se desarrolla la vida y sobre el entorno económico y político.

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