Muchas veces se sostiene que cada país posee fortalezas por los adelantos armamentistas que tiene; en fin, “son fuertes y poderosos en tanto y en cuanto tengan medios y capacidad de sus ejércitos, posiciones que pueden ser ciertas, siempre que hayan alcanzado todo ello mediante la educación y la cultura que permiten estudios, investigación y capacidad en todo sentido para mostrarse superiores para la conquista de nuevos territorios y fortaleza para conservarlos”. Esas comunidades, según hayan logrado niveles superiores para mejorar su vida, habrán conseguido crear fuentes de amor, respeto y fortaleza de espíritus capaces de vencer ante cualquier desafío y hacer obras en pro del bien común.
No hay argumento ni arma más poderosa que la verdad, especialmente cuando es usada con honestidad y responsabilidad, cuando no es manipulada y menos cuando se la convierte en instrumento de fines ajenos que puedan convertirse en parte de la mentira, para hacer que la pobreza tenga caras, fines y funciones ajenas a su realidad.
La pobreza es, pues, el mayor instrumento de la mentira, el dolo, el engaño y resulta medio para agrandar los límites de ese mal que se quiere combatir.
Es, pues, importante que padres de familia, jóvenes y niños comprendan que su fortaleza se encuentra enraizada en su espíritu y en su cuerpo, con la debida fuerza que dan la educación, la cultura y la capacidad necesaria para diferenciar el bien del mal que rodea al país y, sobre todo, los peligros que entraña para ellos su vigencia. Educar, capacitar y fortalecer las mentes y espíritus debe ser misión importante a imponerse; de otro modo, se da ventajas a cualquier mal para que ataque y nos encuentre indefensos.
