Parte I
La actual situación de invasión de un país soberano pone al descubierto las miserias sobre las que está construida la sociedad moderna. Entre otras, una epistemología que no ha sabido concitar modos de relación colaborativa, sino competitiva. Se necesita una apuesta por una nueva epistemología, centrada en los valores democráticos y en el principio de la existencia, como forma de generar una cultura de paz, a nivel universal
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No es fácil decir algo con sentido en un contexto en el que se ha perdido la razón. En los miles de años de historia de la humanidad parecería que no hemos sido capaces de resolver los problemas de otra manera que a palos. Particularmente me sobran las razones de uno y otro lado: lo que encuentro inadmisible es que las intransigencias de los políticos sean pagadas con la sangre de seres humanos. La vida humana debería ser el valor más alto, que habría que dejar siempre a salvo. Nada vale tanto.
EL FRACASO DE LA EDUCACIÓN
Ante hechos como estos suelo hacerme la misma reflexión: son el reflejo de un fracaso de los sistemas educativos. Sin duda también lo es del sistema económico, cultural, político, … En cualquier caso, la educación tiene a su cargo, en las sociedades modernas, la construcción de una moral ciudadana, sobre la que debería erigirse un sistema de valores basados en el respeto a la vida, la equidad, la justicia y la solidaridad. No parece que sea así.
Las reformas educativas se empeñan en poner el énfasis en la currícula y, últimamente, en las competencias. Su orientación es esencialmente técnica y neoliberal, pensando más en el futuro laboral que en el personal y colectivo. Los sistemas educativos modernos se montan sobre dos patas: la capacitación para el sistema productivo y la formación ciudadana para la participación en la sociedad. Los diferentes tiempos han ido modificando su sentido; bien por las sucesivas revoluciones industriales, bien por los cambios en el orden internacional: globalización, migraciones, deslocalización de la producción, etc. El escenario actual es que una de estas dos patas, la ciudadanía, se ha caído, dejando solo el interés productivo como objetivo de la educación.
De estos errores vienen estos lodos. La educación, antes que un proyecto económico, es (debería ser) un proyecto moral. Esto es, supone proyectar un modelo de sociedad sobre el que construir nuestros actos y nuestros pensamientos. Lo que se vive en la cotidianidad de la escuela pone en juego esta moral, creando las condiciones para su desarrollo en la infancia y juventud. Por tanto, su resultado es propio del orden que se genera en la misma. Resulta importante, de este modo, una reflexión acerca de esta experiencia y cómo está conformando la moral ciudadana del estudiantado. Asimismo, en tiempos de propuestas de cambio sobre la profesión docente, es importante pensar la enseñanza como una actividad moral y no solo competencial.
