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Depender de la voluntad de Dios

David Foronda H.

En las últimas décadas, diferentes gobiernos han prometido mejorar sustancialmente el presupuesto destinado a la salud en Bolivia, pero todo quedó en promesas. Esa es la realidad que se vive en la nación, la misma que pareciera no causar interés en las autoridades de todo nivel y jerarquía, que prometieron lo contrario.
En los hechos hubo más palabrería hueca y poses demagógicas, de acuerdo a lo que percibe el ciudadano de a pie. Esa es una incontrastable verdad, la que por nadie puede ser rebatida. Así lo ponen de manifiesto las decenas de camillas improvisadas en los pasillos de nosocomios públicos, como el Hospital Obrero. No deja de ser algo deprimente, que es como una bofetada en el rostro de la denominada “clase política”.
Tal lacerante realidad se la vive en los centros hospitalarios de mayor afluencia, no solo en La Paz, sino también en el interior del país. Aquellas peroratas de hasta duplicar el presupuesto para la salud quedaron en simple demagogia. Da la impresión de que en nuestro país nunca cambiará está triste situación que, en última instancia, tendría que motivar la preocupación de todos, claro está entre ellos los denominados movimientos sociales, a los que dicen “no se les mueve ni un cabello” al respecto.
Se llega al colmo de que inclusive en algunos hospitales, sino en todos, faltan medicamentos con cierta recurrencia o que en otros centros de salud ya no se quiere brindar atención a los enfermos renales y con cáncer. Y en muchos casos, tampoco se les paga a tiempo a los profesionales que atienden a la gente que padece estos males.
Similar panorama enfrentan muchas escuelas y colegios fiscales, con infraestructura deteriorada, pupitres desvencijados, sanitarios en los que incluso pueden contraer enfermedades, además de otras falencias. En fin, en otros estamentos también se tiene que soportar la desatención de los gobiernos de turno, lo cual no deja de ser una amarga realidad que “bajonea” hasta al espíritu más optimista.
Esos son algunos pesares de la población boliviana, que hasta hoy no tienen solución. Y si lo anterior no puede ser solucionado, menos se podrá dar remedio al distanciamiento entre bolivianos, lo que fue planeado y ejecutado por mentes malévolas, bajo influencias nativas y externas, con el fin de hacer de la Patria un reducto de lo que hoy se denomina el crimen transnacional y el narco terrorismo. Pareciera que sus siniestros fines habrían logrado cierto éxito, puesto que en estas últimas décadas hicieron, de un modo u otro, que el regionalismo y el racismo se acentúen bajo falsas consignas.
Entonces se puede decir que los bolivianos dependemos de «la buena voluntad de Dios». Que el Divino Creador y los espíritus de los manes de la Patria no permitan que perduren esos males y que podamos lograr al final el progreso de este corazón de Sudamérica.

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