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No se trata, por tanto, de preguntarnos si China ha sustituido a Estados Unidos en América Latina. La cuestión esencial es otra: ¿hasta dónde la rivalidad entre Washington y Beijing está modificando la capacidad de nuestros Estados para decidir por sí mismos? La antigua Doctrina Monroe, proclamada por James Monroe en 1823 contra nuevas intervenciones europeas en el hemisferio, terminó convirtiéndose, con el curso de la historia, en una justificación de la primacía norteamericana sobre América Latina. En 2026, esa concepción vuelve a adquirir una expresión abierta en Washington. La administración de Donald Trump ha colocado nuevamente al hemisferio en el centro de su política exterior y ha promovido la coalición Shield of the Americas, mientras funcionarios estadounidenses presentan la limitación de la presencia estratégica china como una de las razones de esta nueva orientación.
Pero la cuestión no puede reducirse a la presencia militar. China no necesita ocupar territorios ni disputar directamente el dominio político de la región para ampliar su influencia. Le basta, por ahora, con penetrar allí donde se encuentran los intereses materiales de nuestros países: el comercio, el crédito, la infraestructura, la energía, los minerales y la tecnología. En 2024, el intercambio comercial entre China y América Latina y el Caribe llegó aproximadamente a 518 mil millones de dólares, mientras los bancos chinos habían concedido más de 120 mil millones de dólares en préstamos a gobiernos de la región. Estos datos muestran una transformación de las relaciones de poder. Pero sería igualmente equivocado confundir influencia económica con sustitución de una dependencia por otra.
En 2024, Estados Unidos todavía concentró alrededor del 38% de las entradas de inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe, frente a cerca del 2% correspondiente a la inversión china registrada oficialmente. Y aun esta última cifra debe ser examinada con cautela, porque una parte de las inversiones chinas puede llegar a través de terceros países, adquisiciones o mecanismos que no aparecen en las estadísticas tradicionales de inversión extranjera directa.
Brasil permite observar con mayor claridad la naturaleza de esta contradicción. Bajo el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, Brasil ha ampliado sus relaciones con China sin abandonar su histórica búsqueda de autonomía estratégica. En julio de 2026, Xi Jinping y Lula reafirmaron la voluntad de ampliar la cooperación en inteligencia artificial, satélites, procesamiento de minerales críticos y fertilizantes, al tiempo que respaldaron el avance de las conversaciones comerciales entre China y Mercosur.
China constituye para Brasil un mercado fundamental para sus materias primas y un socio creciente en áreas tecnológicas e industriales; Estados Unidos, por su parte, continúa siendo una fuente decisiva de inversión y un actor de importancia para el equilibrio estratégico del hemisferio. El desafío, por tanto, no consiste en elegir entre Washington y Beijing, sino en preservar la autonomía necesaria para negociar con ambos sin convertir la relación con ninguno en una nueva forma de dependencia.
El autor es sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México.
