Heidy Rojas, de 18 años de edad, es ahora la adulta responsable de su familia. Su mamá murió tras el terremoto que el 10 de agosto azotó al occidente de Colombia. El miedo a las réplicas la agitó y, según les dijeron los médicos a sus hijas, le provocó un pico de azúcar que agravó su diabetes. Pasaron varios días hasta que los vecinos la llevaron a un hospital: nadie en la familia pensó que fuera grave y no parecía necesario gastar los 8.000 pesos (2,5 dólares) del transporte, un dinero que necesitaban para comer.
Por momentos, Heidy todavía no cree que su mamá haya muerto. “Siento que está de viaje”, comenta en su casa de cemento, madera y zinc en Quibdó, la capital del Chocó. Al mismo tiempo, le preocupa el impacto que tendrá su ausencia en sus hermanos más pequeños. “Yo voy a estar, pero no es lo mismo”.
El bullicio en la casa es ensordecedor. Su novio y otros dos hombres reconstruyen el segundo piso: la madera estaba podrida por las lluvias constantes en esta región selvática de Colombia y el terremoto terminó de dañar el techo. Se escuchan los martillazos sobre las nuevas tablas, donadas hace unos días, mientras un parlante en otra casa reproduce reguetón, vallenato y champeta a todo volumen.
Las hermanas de Heidy hacen aguapanela para acompañar un guiso. Ella recibe la visita de dos mujeres evangélicas que le dicen que Dios la preparó para esta nueva etapa. A cambio de unas donaciones de ropa, le piden grabar un video mientras la peinan. La idea, le aseguran, es contar su historia en redes sociales y conseguir apoyos económicos de los fieles.
El barrio, Fuego Verde, se llenó de donaciones tras el terremoto y la ola de solidaridad que se extendió a lo largo y ancho de Colombia. Llegaron decenas de toneladas de alimentos, implementos de aseo y ropa. El Gobierno incluso ofreció subsidios que los habitantes no saben cómo usar: el apoyo para arrendar una vivienda provisoria requiere documentos como un recibo de luz, algo que no se consigue en barrios donde las bandas criminales no dejan entrar a los empleados de la compañía de energía para medir el consumo.
Los vecinos saben que estos apoyos son un paliativo temporal que acabará en unos días, cuando los colombianos se olviden del terremoto. Fuego Verde, en donde los hombres son mineros informales o constructores y las mujeres empleadas de aseo en casas de familia, volverá pronto a la carestía máxima.
EL REENCUENTRO
La muerte de su mamá llevó a Heidy a reencontrarse con Alexa, una hermana mayor que vive en Barrancabermeja, una ciudad petrolera a unos 500 kilómetros. Vino de visita por el funeral, luego de años sin ver a sus hermanos. Las dos parecen caras contrapuestas de una misma moneda. Una viste una camisa blanca, la otra lleva un esqueleto negro. Una es muy reservada y de pocas palabras, la otra habla de su vida con facilidad. Alexa, de 21 años, subraya esta dualidad.
“Heidy no ha sufrido ni la mitad que yo”, comenta en referencia a la vida de su hermana, que tiene noches de fiesta y juegos de cartas con los vecinos. Describe su propia niñez en Quibdó como un infierno. “Si mis hermanas no estuvieran acá, no volvería nunca”, aseguró. Muestra cicatrices en sus brazos, relata episodios de violencia y pide no revelar los detalles. Heidy la mira en silencio y se limita a preguntarle por las amenazas que señala haber recibido en Quibdó.
Alexa quiere que sus hermanos se vayan a vivir con ella a Barrancabermeja. “Es una niña, aún no piensa de manera madura. No ha tenido la responsabilidad de una madre”, sostiene de Heidy, al tiempo que cuenta que ella tiene dos hijos. No cree que su hermana pueda mantener la vida que tenían: cuando alguien fallece, señaló, “ya no es lo mismo”. Heidy se niega a cualquier traslado.
“Acá tengo a mi mamá”, explicó sobre la posibilidad de visitarla los domingos en el cementerio. También rechaza que sus hermanos se vayan con su padre, que se separó de su madre hace unos años y vive en el departamento vecino de Antioquia con una nueva pareja. “Ellos no quieren, y mi mamá tampoco hubiera querido”, enfatizó. Alexa cuenta que, luego de varias peleas, ha convencido a su pareja de mudarse a Quibdó. Heidy duda que esto se concrete.
Las dos también muestran sus diferencias en cómo criar a los más pequeños. “Mis hermanas no van a tener novio, al menos hasta los 20. Son muy pequeñas”, señaló Heidy. Alexa reacciona con una exclamación, entre sorprendida y divertida. “¿Cómo? Yo a los 14 cogí novio y me largué. ¿No aguantamos nosotras y van a aguantar ellas?”, replicó. Alexa se fue de su casa con un hombre del barrio a quien los vecinos conocían como “El viejo”. Afirmó haber sido feliz con él, y justifica que tener un novio desde joven es un mecanismo de defensa para muchas niñas que enfrentan la violencia de sus entornos y la soledad en sus familias. Aunque ninguna lo menciona, es un tema que las toca de cerca: la tercera hermana, de 15 años, no vivía en el hogar familiar hasta la muerte de su mamá, sino con un hombre a quien describe como “el señor”.
Alexa extraña a su mamá. “Me quedé con muchas cosas que decirle, pero la quiero mucho”, sostiene. Al igual que Heidy, le cuesta creer que ya no está. “A veces siento que está sentada enfrente mío, o acostada en su cama”, comenta. Las dos hermanas se aferran a Dios. “La Biblia dice que los muertos resucitarán primero. Ahí la volveremos a abrazar. De pronto, ella hasta tenga bisnietos”, afirmó la mayor.
LA MADRE
Al otro lado de la calle de tierra, se encuentra Graciela Mosquera, que era la mejor amiga de la mamá de Heidy. Está acostada en un sillón, en la sala de estar de una casa que es más espaciosa, tiene dos pisos de cemento y cuenta con baldosas de cerámica. Se entretiene con una serie de dibujos animados en la televisión. “Cuando era niña, no tenía tiempo para verlos. Así que aprovecho ahora”, comentó, al tiempo que cuenta que su mamá también murió cuando ella era adolescente y que sus hermanas la trajeron a Fuego Verde. “Me tocaba cuidar a mis sobrinos y nadie estaba pendiente de mí. Pero para Heidy será diferente. Los vecinos vamos a ayudarla”.
Graciela relató la vida de su amiga, Yirlaines Rentería, como una sucesión interminable de dificultades. Se crio con una decena de familiares en la misma casa en la que murió hace unos días. No pasó de segundo o tercero de primaria. En su adolescencia, tuvo a Alexa con un hombre que no se hizo cargo. “Eso pasa mucho aquí. Los hombres nos dejan el trabajo: preñan a las mujeres y se van”, señaló. Su familia la marginó por haberse quedado sola. Después tuvo un segundo marido, que también la dejó. “Ella lo cuidó cuando él se enfermó. Pero luego ella se enfermó del azúcar y él se fue con otra mujer. Yirlaines quedó sola, enferma, con los cinco hijos”. (El País, España)
