En 1970, Albert O. Hirschman distinguió dos respuestas frente al deterioro de una organización: la salida y la voz. También examinó el papel de la lealtad en la elección entre ambas. Aunque su reflexión no estaba dirigida a los procesos de integración, resulta útil para comprender el momento que enfrenta Bolivia en el Mercosur. Nuestro país ya avanzó desde la condición de Estado asociado hasta convertirse en Estado Parte; ahora debe resolver una cuestión más compleja: cómo traducir esa nueva condición en una voz efectiva.
La pregunta adquiere importancia porque Bolivia no está ingresando al mismo Mercosur de hace algunos años. Recientemente, el Financial Times informó que el bloque está desplegando una ofensiva negociadora con Canadá, Japón, Emiratos Árabes Unidos, India y Vietnam, en paralelo con los avances alcanzados con la Unión Europea, la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA, por sus siglas en inglés) y Singapur. No todos estos procesos se encuentran en la misma etapa jurídica o política, pero su acumulación revela un cambio de orientación. Bolivia se incorpora, además, en un periodo de transición: desde julio de 2024 dispone de hasta cuatro años para adoptar el acervo normativo del bloque.
Durante buena parte de su historia, el Mercosur funcionó como una unión aduanera relativamente defensiva, concentrada en proteger determinados sectores y administrar sus diferencias internas. Ahora intenta proyectarse como una plataforma de negociación con distintos polos de la economía mundial. Esta transformación responde a un escenario marcado por la fragmentación y la competencia geoeconómica, en el cual los países procuran reducir dependencias, diversificar proveedores y asegurar mercados.
Canadá ofrece un ejemplo ilustrativo. El deterioro reciente de sus relaciones comerciales con Estados Unidos ha reforzado su búsqueda de nuevos socios. Al mismo tiempo, una evaluación oficial estima que un acuerdo con el Mercosur podría incrementar el comercio bilateral de bienes y servicios en aproximadamente 4.000 millones de dólares estadounidenses. Para Ottawa, América del Sur representa una alternativa frente a la concentración de sus intercambios; para el Mercosur, Canadá constituye un mercado de elevado poder adquisitivo y una posible fuente de inversión.
Bolivia llega, por tanto, a un bloque que comienza a mirar con mayor decisión hacia el exterior. La membresía puede ampliar el acceso de productos bolivianos a mercados que difícilmente podríamos negociar en condiciones equivalentes de manera individual. El peso conjunto del Mercosur ofrece una capacidad de negociación superior frente a economías como Japón, India o Canadá. En el comercio internacional, la escala también constituye una forma de poder.
Nuestro país podría utilizar esta plataforma para promover exportaciones agroindustriales, minerales, fertilizantes y servicios. Asimismo, podría atraer inversiones orientadas no solamente a la extracción de recursos naturales, sino también a su transformación y posterior acceso a nuevos mercados. En una economía que necesita diversificar sus exportaciones y generar divisas, esta posibilidad no es menor. Sin embargo, sería un error confundir la existencia de una oportunidad con su aprovechamiento automático.
Un acuerdo comercial abre puertas, pero no garantiza que alguien pueda atravesarlas. Las preferencias arancelarias producen efectos limitados cuando las empresas carecen de escala, certificaciones, financiamiento o capacidad para cumplir exigencias sanitarias y reglas de origen. Esta consideración es todavía más importante para un país sin litoral, cuyos productos enfrentan elevados costos de transporte y demoras fronterizas. Para Bolivia, la facilitación logística no es un complemento de la política comercial, sino parte de su núcleo.
También existe un riesgo político e institucional. Las posiciones del Mercosur suelen reflejar con mayor intensidad los intereses de Brasil y Argentina, cuyos equipos técnicos y sectores empresariales identifican rápidamente sus prioridades. Si Bolivia no construye oportunamente una posición nacional, puede llegar a la mesa cuando buena parte de la agenda ya haya sido definida. No basta con ocupar una silla si se llega sin saber qué solicitar, qué ofrecer y qué proteger.
Por ello, Bolivia debería elaborar una matriz nacional para cada negociación externa del bloque. Esta tendría que identificar la oferta exportable actual y potencial, los productos sensibles, las reglas de origen, las barreras sanitarias y técnicas, las posibilidades de atraer inversión y las demandas en materia de tránsito y logística. También se requiere una consulta permanente entre la Cancillería, las instituciones responsables del comercio exterior, el sector privado, los gobiernos subnacionales, las universidades y los actores productivos. La política comercial no puede construirse únicamente desde los escritorios estatales, pero tampoco debe quedar subordinada a intereses sectoriales.
Bolivia podría, además, coordinar posiciones con Paraguay y Uruguay en aquellos temas concretos donde las economías de menor tamaño compartan preocupaciones. Dentro de un bloque asimétrico, la construcción de coaliciones constituye una manera legítima de aumentar la influencia. La diplomacia regional también consiste en saber con quién coincidir, en qué asuntos y con qué propósito. Esa tarea exige preparación técnica, continuidad institucional y una idea clara del interés nacional.
Hirschman entendía la voz como la capacidad de intentar modificar una organización desde dentro. Esa es ahora la tarea de Bolivia: cumplir las reglas comunes, pero también formular propuestas, defender sus intereses y construir alianzas. El éxito no se medirá por la cantidad de acuerdos firmados, sino por la capacidad de Bolivia para convertirlos en exportaciones, inversiones, empleo y mejores condiciones de inserción internacional. El mayor riesgo no es que el Mercosur negocie demasiado, sino que Bolivia comience a hablar cuando las negociaciones ya hayan terminado.
El autor es economista y diplomático de carrera, con Ph.D. en Ciencia Política y Relaciones Internacionales.
