InicioSeccionesOpiniónLupo: salida a lo McNamara

Lupo: salida a lo McNamara

Antonio Vargas Ríos

Robert McNamara no llegó al Pentágono como un guerrero, sino como un gerente. Creía que todo problema podía ser descompuesto, medido y administrado. Vietnam se convirtió en tablas: soldados enviados, bombas lanzadas, territorio controlado, enemigos abatidos. Los números crecían; la victoria no aparecía. Cuando dejó la Secretaría de Defensa para presidir el Banco Mundial, el principal arquitecto técnico de la guerra ya no creía en la estrategia que había ayudado a construir.
Medio siglo después, José Luis Lupo tampoco llegó al Ministerio de la Presidencia como un político convencional. Economista experimentado, asumió una tarea que el gobierno de Rodrigo Paz necesitaba con urgencia: producir coherencia. Tranca Cero y el Centro de Gobierno nacieron de una convicción semejante a la de McNamara: si un sistema puede ser observado, descompuesto y evaluado, también puede ser conducido.
Lupo no administraba solo un despacho. Intentaba administrar las relaciones entre los despachos; convertir ministros dispersos en gabinete y anuncios separados en estrategia. Por eso su salida no equivale al reemplazo de una pieza. Se marcha quien debía conseguir que las piezas funcionaran juntas.
La semejanza se vuelve casi excesiva al mirar el destino. McNamara salió del Pentágono rumbo al Banco Mundial. Lupo deja el Ministerio y es propuesto para representar a Bolivia ante la OEA. Ambos abandonan el centro del poder por una puerta multilateral situada en Washington. Es una forma elegante de partir: conserva el prestigio, evita una ruptura con el presidente y transforma una posible discrepancia en otra misión. Washington queda a la distancia justa: demasiado lejos para intervenir en el gabinete y suficientemente cerca para que la salida parezca un ascenso.
Pero la cortesía no resuelve la contradicción. La versión oficial sostiene que Lupo concluyó una primera etapa. Paz afirma que ese tiempo de transición terminó y que ahora comienzan las “transformaciones profundas”. Todo encaja hasta formular una pregunta elemental: ¿por qué se marcha quien impulsaba cambios estructurales precisamente cuando comenzarán los cambios estructurales?
Samuel Doria Medina responde: Lupo habría chocado con la agenda “inmediatista y relajada” de otros ministros, mientras el presidente evitaba dirimir entre las dos estrategias. Es una versión interesada, pero contiene una precisión: cuando el árbitro se abstiene de arbitrar, el empate no conserva el juego; lo paraliza. “Primera etapa cumplida” cierra el episodio con cortesía, pero no explica por qué quien debía preparar la segunda no estará para conducirla.
Ahí termina también la equivalencia. McNamara salió porque había dejado de creer en la estrategia que ayudó a diseñar. No sabemos que Lupo haya perdido la fe en la suya. Puede estar ocurriendo algo más delicado: quizá todavía crea en la estrategia, pero ya no en la capacidad del gabinete para ejecutarla.
Un centro de gobierno puede ordenar información, establecer metas, medir avances y mostrar retrasos. No puede obligar al presidente a escoger entre rumbos incompatibles. El tablero registra la tranca; no la levanta.
Lupo recibió la misión de desmontar el “Estado tranca” y terminó atrapado por la tranca más cercana al poder: la que se forma cuando existen ministros, programas y anuncios, pero falta una decisión que los ordene. Esa no exige formularios, sellos ni fotocopias. Exige conducción.
Y esa conducción no aparece, la tranca sí.

El autor es expresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz, docente universitario, analista político.

ARTÍCULOS RELACIONADOS
- Advertisment -

MÁS POPULARES