Escribo estas líneas el 21 de julio de 2026. Así como no se puede mezclar el aceite con el vinagre, de la misma forma en política no es posible mezclar la derecha con la izquierda (cuando la izquierda es auténtica y principista, hoy extinta).
Los partidos de izquierda y de derecha criticaban al expresidente Gualberto Villarroel por su incapacidad de actuar… sus intereses de clase eran radicalmente contrapuestos.
Esta situación está bastante bien reflejada por el ideólogo Ernesto Ayala Mercado, quien señalaba que “Villarroel sufrió la presión combinada de la feudal-burguesía y del proletariado que pretendía rebasar los objetivos nacional-burgueses. Corrientes tan opuestas determinaron su vertical y comprensible caída”.
“No soy enemigo de los ricos, pero soy más amigo de los pobres”, decía Villarroel y con tal consigna contradictoria y suicida pareciera haber construido su propio cadalso.
Ese día, 21 de julio de 1946, su cadáver colgaba de un farol en la Plaza Murillo, trofeo mórbido de la venganza oligárquica y proletaria, convertido después en estandarte de combate del nacionalismo encumbrado en 1952 con el MNR.
Estaba comprobado que la única manera de ser amigo de los pobres era constituirse en enemigo armado de los ricos, decía el tan admirado René Zabaleta, alumno desarraigado de las ideas de Ayala Mercado.
El tiempo ha pasado, muchos han olvidado este lúgubre acontecimiento y hasta quizás algunos ni lo conozcan, las páginas vacías de los periódicos así lo confirman, en todo caso debería servir de meditación para que ojalá no se repita.
El autor es jurista.
