La palabra adulación proviene del latín adulator, relacionada con adulari (acción original de los animales de mover la cola o acariciar).
La adulación es definida como una alabanza exagerada o interesada hacia una persona con el propósito oculto de ganarse su voluntad, obtener un favor o conseguir algún beneficio personal existiendo alabados que necesitan de la adulación para alimentar su ego, pero por vivir de la falacia casi siempre terminan en el fracaso.
La adulación ha estado presente en todas las civilizaciones, así en las sesiones del senado romano, los senadores competían por ver quién proponía el elogio más exagerado, cualquier discurso del emperador era recibido con ovaciones y de pie. El silencio o la falta de entusiasmo se castigaban como alta traición y junto a los senadores los cortesanos utilizaron el elogio como una estrategia de ambición, fomentando las peores tiranías.
Las consecuencias de la adulación se las puede ver en Calígula, caso en el que los senadores le otorgaban títulos sagrados, todos debían postrarse ante él. Calígula terminó creyendo que era Dios, pero sabía en el fondo que los elogios eran por cálculo. Las adulaciones lo volvieron paranoico, comenzó a ejecutar a senadores y familiares bajo la más mínima sospecha.
Nerón más que el poder político buscaba desesperadamente la validación y el aplauso como artista, músico y atleta. La adulación del Senado alimentó su delirio de grandeza infantil y destructiva. Cuando cantaba, que era un desastre y una vergüenza, los senadores debían aplaudirle con fervor.
Julio César era un político sumamente astuto, pero hacia el final de su vida cometió el error de tomar los halagos del Senado con excesiva naturalidad y arrogancia. Una delegación de senadores acudió a entregarle nuevos honores divinos y César los trató con indiferencia. La consecuencia fue la aceleración de su asesinato.
En la modernidad, Adolf Hitler dependía enormemente de las adulaciones, su narcisismo patológico requería una validación constante, consecuentemente se rodeó de un círculo íntimo de aduladores y oportunistas que alimentaban su creencia de ser un genio infalible enviado por la providencia.
En Bolivia, a los aduladores políticos se los denomina popularmente con variados nombres: llunk’us, chupas, amarrahuatos, chupamedias, corchos, etc., aquí el lenguaje es rico y abundante. Los zalameros políticos conviven imponiéndose distinciones con el cacique o jefe o con quienes tengan el poder… las consecuencias las sufren casi todos.
El autor es jurista.
