Para numerosos escritores e historiadores, la batalla de Ingavi representa la consolidación definitiva de Bolivia como nación, al haber marcado la separación política y militar definitiva entre Bolivia y el Perú. En este contexto, en noviembre de 1909, el periódico paceño ‘El Tiempo’ publicó de manera inédita un valioso documento para la historia nacional: el parte oficial de aquella acción de armas.
Escrito por el benemérito Manuel Sagárnaga y remitido al mariscal José Ballivián, el documento llevaba por título ‘Victoria de Ingavi’ y había aparecido originalmente en el Boletín Nº 3 del Estado Mayor General del Ejército Boliviano. De aquel decisivo combate, podemos rescatar el siguiente pasaje: “…Llenado el objeto y cuando el costado enemigo se encontraba a doscientos pasos de nuestra izquierda, se dirigió S. E. al Ejército, y mostrando a los invasores, les dijo: Soldados, a esos enemigos que tenéis al frente, los veréis desaparecer como las nubes cuando las bate el viento. Inmediatamente mandó retirar las guerrillas y ordenó al que suscribe cargase con el batallón de la Guardia, el 8° y un escuadrón de coraceros sobre la derecha del enemigo, con el objeto de envolverla por aquel flanco y variar la dirección para continuar barriendo su línea. Al mismo tiempo y con igual prontitud ordenó al general Luis Lara cargase con tres escuadrones a la caballería enemiga que en ese momento cerraba su izquierda, y a los coroneles Silva y Rivero que atacasen de frente y a la bayoneta. Toda nuestra línea se puso en movimiento simultáneamente, y el ataque general se dio con tal ímpetu, bravura y ardimiento, que las dos alas del enemigo quedaron a la vez envueltas, sin poder resistir al primer empuje de nuestros bravos. Nuestra caballería sobrepasó la línea enemiga hasta su retaguardia, y nuestra izquierda arrolló su derecha, tomó la artillería y continuó el ataque sin detenerse un solo momento hasta terminar la batalla. Éramos vencedores por ambos flancos, mientras el centro enemigo se sostenía a pie firme, formando cuadros dos de sus batallones y apoyándose en las pequeñas rancherías situadas en la llanura: en una de ellas peleó hasta morir entre los fuegos, el presidente de la república peruana y generalísimo de sus armas, rodeado de los cadáveres de muchos de sus jefes, oficiales y tropa.
La tenaz resistencia del centro enemigo obligó por fin a S. E. a emplear los batallones de reserva que hasta entonces no habían tomado parte en el combate, mandados por el coronel Satizabal y sus esforzados jefes Sanjinés y Belzu, y a avanzar las piezas de artillería que con sus bien dirigidos fuegos de metralla acabaron de romper y dispersar los restos del ejército enemigo que, cortado en su retirada, emprendió la fuga en distintas direcciones y en especial sobre la de Calamarca, en que fueron tomados incluso el general en jefe don Ramón Castilla.
Cincuenta minutos de tiempo coronaron por fin con la más espléndida y bizarra victoria nuestras armas. Los dos gigantes del nuevo mundo, el Illampu y el Illimani, testigos de esta brillante jornada, como monumentos eternos de nuestra gloria, transmitirán de edad en edad tan fausto hecho, y arrancarán de la posteridad más remota las bendiciones que merecen los nombres de los guerreros que han asegurado por siempre la independencia y la libertad de la hija del Gran Bolívar…”.
De esta manera, rescatamos del olvido un documento de extraordinario valor para la historiografía boliviana y, al mismo tiempo, revivimos la memoria de uno de los episodios más significativos de la Bolivia decimonónica, aquel que para muchos significó la consolidación definitiva del país como nación.
El autor es miembro de la Academia Boliviana de Historia Militar (ABHM).
