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El peligro detrás de la tendencia therian

En los últimos tiempos, la búsqueda de identidad personal dejó de ser un proceso de introspección para convertirse en un espectáculo de fragmentación psíquica en la vitrina de las redes sociales. Lo que antes se entendía como la imaginación propia de la infancia o el juego de roles, ha mutado en un fenómeno inquietante: el movimiento therian. Bajo este término, un número creciente de adolescentes y adultos jóvenes afirma poseer una identidad no humana, asegurando que su esencia corresponde a un animal, ya sea un can, un gato o criaturas de la mitología. Lo que a simple vista parece una excentricidad pasajera o inofensiva, puede ser una preocupante desviación que encierre secuelas muy negativas para el desarrollo de las generaciones venideras.
El peligro inmediato son la desconexión con la biología y la sinrazón. Si la identidad se desprende totalmente de los hechos materiales para depender exclusivamente del “sentir” subjetivo, se anula cualquier posibilidad de criterio que haga posibles las democracias, los sistemas judiciales y aún la misma convivencia humana. Las consecuencias para la salud mental son más que evidentes: estamos normalizando trastornos de identidad bajo el barniz de la diversidad cultural y tolerancia. ¿Pero cuáles son los límites de la tolerancia y la diversidad? El peligro no se limita en el ámbito de la psique individual, sino que se asoma en el horizonte del tejido sociopolítico.
Si la llamada tendencia therian se agudiza, no será un juego inofensivo de máscaras y colas de peluche, sino el síntoma de una sociedad que abdicó de la tarea de buscar la verdad. Al normalizar que uno puede “sentirse” un animal y, por tanto, exigir ser reconocido como tal, estamos empujando a los menores hacia un abismo de sinsentido existencial. Se sabe que la adolescencia es una etapa de confusión, pero ofrecer la deshumanización como salida es una irresponsabilidad pedagógica y clínica. En lugar de dotar a los jóvenes de herramientas para lidiar con la complejidad de la condición humana y para buscar la verdad, se les permite refugiarse en una fantasía zoológica que limita su capacidad de enfrentar la vida como lo que somos: seres humanos.
La historia demuestra que lo que hoy nace como una subcultura, mañana puede articularse como un grupo de presión con demandas estatales. ¿Estamos ante la gestación de un nuevo “colectivo” que, a la larga, buscará normalizar la identidad therian no solo en el ámbito privado, sino en el espacio público y legal?
Si el Estado y la sociedad civil no colocan los puntos sobre las íes y trazan una línea entre el respeto a la personalidad y la validación de la disociación, terminaremos por originar una realidad donde el ciudadano ya no se define por sus derechos y deberes como humano, sino por su adscripción a una animalidad imaginaria. Permitir que esta desviación se consolide es renunciar al último reducto de racionalidad que sostiene la convivencia humana. Proteger a las generaciones más jóvenes implica devolverlas a la realidad de la que intentan huir. Y sí: la vida puede ser complicada, pero es la única que tenemos. Lo demás sería el sinsentido, la pérdida de la cordura, la irracionalidad extrema.

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