Un nuevo año de esperanza, paz y prosperidad anhela la ciudadanía boliviana, después de que un cielo de tempestad empañó su normalidad cotidiana durante veinte años de caos, corrupción y temor. Hoy una perspectiva de progreso, como si fuera un rayo de sol, ilumina el horizonte.
Pasadas dos décadas de angustia por la suerte de la Nación y por el porvenir de la población, ahora se abre una senda que conduce a un ambiente de orden y trabajo, condiciones necesarias para dejar atrás los años de terror y sacrificio que impuso un régimen populista que quería hacer retroceder las manecillas del reloj de la historia y conducirnos a la época de las cavernas, a título de socialismo y otras lindezas absurdas.
Pero por veinte años, el pueblo boliviano fue sometido a un régimen autoritario que anunciaba demagógicamente “proceso de cambio”, pluralismo económico, político y otros, con el deliberado objetivo de conducir al país al desastre, al hambre y al sometimiento ante ideologías absurdas como el populismo, rechazado en todo el mundo, tanto por la práctica como por la teoría.
Un sentimiento de temor a ese autoritarismo no sólo afectó a la ciudadanía sino en especial a la nación boliviana, que fue convertida en un apéndice de imperios extranjeros izquierdistas, desesperados por tener bajo su dependencia a naciones débiles, para esclavizarlas y tener libre el camino para el saqueo de sus recursos naturales. Varias naciones han sido sometidas a situaciones de hambre, humillación y represión militar y civil armada. Sin embargo, esa época está en su final.
El terror de Estado hincó sus garras en dos décadas en Bolivia, para saquear el país y reponer sistemas primitivos de trabajo y convivencia. Además, se usó para ello corrupción, crueldad y proliferación de vicios. Casi todo el país fue víctima de ese método opresivo y quedó en ruinas, con el aplauso de sus socios socialistas externos. Bolivia quedó con muchos de sus engranajes económicos destruidos. A esa plaga, se sumó la decadencia moral, espiritual, cultural, política y social que impuso el Estado Plurinacional, timoneado por el cocalero Evo Morales y sus seguidores que saben que cometieron graves errores, pero no quieren reconocerlos. Lo peor es que siguen empeñados en reproducirlos.
Veinte años duró esa maquinaria trituradora, pero le llegó su inevitable final, rotas las argollas de ese experimento comunista. Los inquilinos temporales del Palacio Quemado (masistas que se creían sus propietarios absolutos) fueron expulsados, porque no se puede hacer retroceder la historia al tiempo de las cavernas, para construir sobre ese pasado el socialismo, como deseaba el populismo nefasto.
Hoy queda bajo responsabilidad del pueblo y de sus nuevas autoridades, levantar todas las barreras que traban el camino hacia el progreso, cumpliendo con reglas para lograr un positivo gobierno. El año 2026 debe ser el comienzo de esa obra magna. Por ello recordemos que no hay tarea más trágica para un pueblo que volver a construir lo que ya se había empezado: la nación democrática.
