En las últimas semanas se especuló mucho sobre racismo, discriminación y regionalismo. Lo hicieron al calor electoral, obviamente. Sin tomar en cuenta que ese tema fue un tanto sensible y conflictivo para Bolivia. Que promovió la confrontación, entre los nacidos en esta bendita tierra, el distanciamiento entre orientales y occidentales, la profundización del regionalismo, que se constituyó en rémora del desarrollo sostenible. El resquebrajamiento de la unidad nacional, que tanto se requería. Parece que no les han interesado estos aspectos de vital importancia.
La antipatria manejó en el pasado aquel discurso, para imponer sus nefastos propósitos. Se aprovechó de la ingenuidad de ciertos segmentos sociales. Pero hoy no tiene asidero. Los sectores populares se han desencantado, con el contenido de dicho discurso. Ello a causa de los despropósitos asumidos, bajo el pendón divisionista. El desastre económico que devasta el país, es resultado de esa realidad. La corrupción que acrecentó algunas cuentas bancarias de particulares, lo propio. He ahí el hecho de haber medrado con recursos fiscales.
Hoy hablar de racismo, discriminación y regionalismo, es una actitud descabellada. No tiene sentido. No tiene otro objetivo que confundir, a la opinión pública interna y externa. Es una argucia para sembrar cizaña. Quizá con ello tendieron cortinas distraccionistas. Tal vez fue una salida, para disimular la falta de propuestas. En una época electoral todo se pudo ver y escuchar. Desde la calumnia hasta la mentira. Pocas verdades y pocos proyectos constructivos. Se tendió a capturar el gobierno para poder usufructuar. Para vivir cómodamente y asegurar el futuro de las nuevas generaciones de esos políticos. Y quién sabe con cuentas en el exterior.
La población boliviana no está preocupada por racismo, discriminación y regionalismo, sino por la cacerola vacía, consecuencia de la crisis económica que nos legaron los gobiernos de turno. Está preocupada por los artículos de consumo, cuyos precios se han elevado. Los sueldos y salarios han perdido su poder adquisitivo. La irrisoria renta de los jubilados, apenas cubre las necesidades más elementales. Sirve para pagar servicios básicos, de agua potable, de energía eléctrica y gas domiciliario. Posiblemente para la compra de algunos medicamentos. El material escolar ha multiplicado su precio. El bono Juancito Pinto es insignificante ante esa realidad. Se está truncando la formación de las nuevas generaciones. Los transportistas por falta de combustibles no trabajan normalmente. Los medicamentos por la escasez de dólares suben de costo cada día. He ahí un pantallazo de la coyuntura. De ahí que el discurso del racismo, discriminación y regionalismo, no está en la agenda del movimiento popular. Es un discurso que se ha deteriorado.
En suma: el tema de la unidad nacional debería ser de prioridad, ahora más que nunca. Para ello deberían despojarse de intereses particulares y sectarios los protagonistas de la política. Ojalá así sea.
Al calor electoral
Severo Cruz Selaez
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