El desorden general que han provocado desgobiernos y anárquica política populista, está culminando con una “guerra sucia” entre los dos grupos políticos que han llegado a la “segunda vuelta”, resultado de las elecciones del 17 de agosto pasado.
No es extraño que las campañas electorales bolivianas tengan episodios anecdóticos y hasta violentos. Pero las campañas de esta oportunidad han estado llenas de momentos de asombro y rareza. Ese fenómeno, sin embargo, sería la culminación de dos décadas de anarquía política del país.
Este panorama electoral, que dura más de dos años, al parecer terminará con dificultades porque, como dice la sentencia popular, “quien anda mal, acaba mal”, lo que se confirma en los hechos. En efecto, hace algo más de dos años el asunto empezó con la convocatoria a elecciones judiciales, de acuerdo al sistema de voto universal. Ese procedimiento fue escabroso y duró, por lo menos, un año de disputas, jaloneos, peleas entre diputados de sectores antagónicos. Sin embargo, esa crisis fue superada y los nuevos magistrados empezaron a dar comienzo al proceso para que los partidos políticos —si se los puede llamar así— eligieran a sus candidatos a ser parte de los órganos Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Electoral.
Esa etapa también terminó en medio de escándalos y enfrentamientos partidarios en lo que se refiere a la elección de candidatos. Empero, cuando se había logrado algún avance, los partidos tradicionales buscaron la unidad, sin embargo, el objetivo fracasó. Por otro lado, los sobrantes de los grupos oficialistas, también estuvieron buscando la unidad a como dé lugar, actividad que llegó a niveles dramáticos. Es que dichos saldos de oficialismo se dividieron y entraron en una competencia no menos vergonzosa, que culminó con la división del MAS y enfrentamientos internos con características de “guerra a muerte”.
Formalmente, las elecciones de agosto pasado, dirimieron los combates y solo dos partidos quedaron para balotaje, por lo que se concentran los antagonismos en lo que ahora se califica como “guerra sucia”, la cual fue adquiriendo un nivel de descontrol de los ánimos, lo que es lamentable. Particularmente pierde brillo la imagen de uno de los candidatos vicepresidenciales, pues por sus declaraciones extremas lleva la situación política al rojo vivo.
En efecto, el malestar en la población era tan grande que se pidió que esa guerra electoral sea suspendida y los protagonistas asuman una tregua para suspender sus bombardeos verbales. Empero, tan buen deseo también fracasó y las partes se empecinaron en seguir con la guerra sucia, que se hizo aún más ridícula como inaceptable.
En esa forma, a pocas semanas de la “segunda vuelta”, el panorama político que se desarrolla desde hace dos años, puede empeorar. Como hasta ahora no son modificadas tales conductas, un cielo de tempestad se perfila en el horizonte.
