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El fracaso persistente de las reformas judiciales

Rolando Coteja Mollo

El proceso de crisis y transformación que ha vivido el sistema judicial desde antes hasta la actualidad ha dejado un legado de independencia judicial frustrada y legitimidad institucional deteriorada. La historia judicial del país se ha caracterizado por una serie de oportunidades perdidas y reformas fallidas que han impedido la consolidación de un verdadero Estado de Derecho.

La Revolución Nacional de 1952, a pesar de su profunda transformación social y política –con la nacionalización de las minas, la reforma agraria y el voto universal–, cometió la paradoja judicial de omitir una reforma integral. El sistema de justicia permaneció anclado en su estructura colonial, monocultural y elitista, heredada del Siglo XIX. Esta omisión histórica creó una contradicción estructural entre una sociedad transformada y un sistema judicial excluyente, sembrando las semillas para futuros conflictos.

El mantenimiento de un sistema legal eurocéntrico no solo perpetuó la exclusión de las mayorías indígenas en el ámbito de la justicia, sino que también sentó las bases para el posterior reclamo del pluralismo jurídico y el reconocimiento de la Justicia Indígena Originaria Campesina (JIOC) en las décadas siguientes, demandas que son consideradas una consecuencia directa de aquella oportunidad perdida.

El período de gobiernos militares (1964-1982) representó la etapa más oscura para la justicia, caracterizada por la subordinación total del Poder Judicial al autoritarismo. El sistema fue reducido a un mero instrumento de represión política, utilizando cortes marciales y suspensiones sistemáticas de garantías constitucionales. Esta instrumentalización política devastó la cultura jurídica nacional, consolidando la percepción de la justicia como un aparato parcializado y corrupto, una desconfianza que persistió en la era democrática.

El retorno a la democracia en 1982, limitado por una severa crisis económica, no logró impulsar una reforma, posteriormente, la «Democracia Pactada» (1985-2005) implementó ambiciosos intentos de modernización: la Ley de Organización Judicial (1993), la creación del Consejo de la Judicatura (1999) y el Código de Procedimiento Penal Acusatorio (2001). A pesar de estas reformas, la interferencia política y la resistencia corporativa impidieron mejoras sustanciales, dejando a la justicia como la institución con menor credibilidad ciudadana al final del periodo.

La llegada del MAS al poder en 2006, con una promesa de «descolonización» y «nacionalización» de la justicia, culminó en la Constitución de 2009. Este texto refundacional reconoció al Estado Plurinacional y diseñó un Sistema de Justicia Plural con igual jerarquía para la Jurisdicción Ordinaria y la JIOC, rompiendo el monismo jurídico histórico. Sin embargo, esta promesa constitucional se enfrentó a un desafío de implementación.

La implementación de elecciones populares para designar a las altas autoridades judiciales, una innovación democrática única, resultó ser un rotundo fracaso. Las sucesivas elecciones fueron recibidas con un rechazo ciudadano (con el voto nulo/blanco superando el 60%), lo que demostró que el mecanismo no generó autoridades independientes, sino que legitimó decisiones políticas predeterminadas.

La suspensión de las elecciones judiciales programadas para 2023, que forzó la inconstitucional autoprórroga de magistrados, marcó el colapso final del modelo, evidenciando el reconocimiento tácito del gobierno a la inviabilidad de su propio experimento democrático.

El fracaso de las reformas se ha manifestado en la instrumentalización del sistema penal para la persecución política y la consecuente judicialización de la política. El sistema de justicia, en lugar de ser un árbitro imparcial, se ha convertido en un instrumento de control político, lo que ha profundizado la polarización social y la inseguridad jurídica.

Esta politización ha coincidido con una corrupción sistémica que opera como el mecanismo predominante del sistema judicial, evidenciada por los escándalos de «consorcios» y por el emblemático caso Quiborax, que ilustra cómo la corrupción combinada con la incompetencia técnica ha generado pérdidas millonarias para el Estado.

Un factor en la crisis es la eliminación sistemática de los criterios meritocráticos en la designación y promoción de los operadores de justicia. La politización de la carrera judicial ha subordinado la competencia técnica a la lealtad partidaria, lo que ha provocado una pérdida de profesionalización y ha desgastado la calidad técnica y la imparcialidad de las decisiones judiciales en todos los niveles.

Las evaluaciones internacionales confirman la profundidad de esta crisis. El Índice de Percepción de la Corrupción y el World Justice Project sitúan a Bolivia entre los países con peor desempeño en cuanto a la efectividad y transparencia de su sistema judicial, evidenciando un detrimento sostenido en la última década.

 

El autor es politólogo-abogado y docente universitario.

rcoteja100@gmail.com

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