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Un debate que no fue debate

El debate de los vicepresidenciables fue un mal debate por dos motivos:
Uno: el debate estuvo mal organizado. Debió tener ejes mejor definidos, para que los contendientes se ajustaran a las cuestiones que debían ser respondidas. Además, debió haber la opción a la dúplica, pues había varios momentos en que los candidatos o evadían o se iban por las ramas, sin responder a la pregunta o de la moderadora o del contrincante, y esas evasivas pasaban sin refutación; también hay que mencionar que la moderadora no desempeñó un papel de moderación, sino solo de presentación de los candidatos, de lectura de los ejes temáticos y de control del tiempo.
Dos: el debate no tuvo buenos participantes. Prácticamente ninguno respondió a las preguntas y se espetaron con poca altura. Mariana Prado, por ejemplo, dijo que no hablaría del pasado porque ello no tenía sentido; sin embargo, hizo varias referencias sobre el “neoliberalismo” o sobre los gobiernos de antes del Proceso de Cambio. Medrano fue acaso el más agresivo de los cuatro y se enfrentó sobre todo a la izquierda radical que representa Prado. Lupo, según se lo escuchó en otros espacios, podía haber planteado un debate con mayor altura, con ideas. Tal vez el menos ofensivo de los tres, probablemente porque no es un “político” o alguien maleado en las lides políticas, fue Juan Pablo Velasco. La debilidad de este joven candidato fue precisamente su total carencia de experiencia política, su nula capacidad de manejo de términos políticos y politológicos y su desconocimiento de la labor de un vicepresidente.
Un debate es una confrontación de posturas e ideologías que, la verdad, no debería estar totalmente desprovista de una cierta dosis de hostilidad (en el mejor sentido que pueda tener esta palabra); los buenos debates no son charlas de café, sino apasionados intercambios verbales en los que las muecas, la mirada, el lenguaje corporal y, obviamente, la hostilidad dialéctica e ideológica, no deben faltar. Lo que se vio y escuchó en el debate de vices fueron golpes bajos de Lupo a Velasco o risas sarcásticas y burlescas de Mariana Prado, sin contenido ideológico, sin propuesta clara, lo cual degradó un evento que debía mantener su altura y ser el reflejo de la recomposición del espíritu democrático, que es lo que necesita la ya casi bicentenaria Bolivia.
Además, los cuatro, pero sobre todo Prado, Lupo y Velasco, leyeron tanto sus propuestas como sus preguntas. Provistos de legajos que hojeaban y revolvían en sus atriles, no les importó que las cámaras los filmaran leyendo, cuando un verdadero debate político debe probar la capacidad oratoria, dialéctica y de elocuencia de los contendientes…
De Lupo se esperaba más. Velasco confirmó que no es un político y al final, emulando lo que hizo Bukele en la ONU, se tomó una selfi. Medrano sucumbió a los impulsos de la cólera. Y Mariana Prado descolló por un notable cinismo; olvidando los destrozos que su partido ocasionó al país, se dedicó a sonreír y hablar bien de la izquierda, evadiendo las preguntas sobre si ejecutará la orden de aprehensión que existe en contra de su jefe Evo.

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