Israel e Irán están enfrascados en una dura escalada de un conflicto que los enfrenta desde hace cuatro décadas. La guerra aérea y a distancia, con misiles que se ven como fuegos artificiales en el cielo, que ocasionan ruinas y muertes por centenas o millares, es ya una realidad y el mundo la está viendo casi en tiempo real. Israel busca el apoyo de EEUU, pero podría ser que en estos días su ataque se ralentice y se produzca un alto al fuego, lo cual haría que Irán se apresure en poner en marcha nuevamente su programa nuclear. Hasta ahora, los ataques de Israel causaron limitados daños en el país islámico: solo unas pocas instalaciones en Natanz e Isfahán fueron afectadas.
En medio del flujo de información que corre en las redes, las voces bolivianas que repudian a Israel, y en particular al gobierno de Netanyahu, no han sido escasas, en gran medida por el rechazo que genera este gobernante en quienes defienden a Palestina y por la brutalidad con que Israel la ataca desde hace mucho tiempo. Sin embargo, cabe hacer consideraciones críticas sobre las repercusiones de Irán en Bolivia, teniendo en cuenta un eventual triunfo del país liderado por el ayatolá Alí Jamenei.
Desde hace unos años Bolivia estrechó relaciones con la teocracia islámica a título de cooperación diplomática, y en 2023 los dos Estados firmaron un memorando de defensa, supuestamente para luchar contra el narcotráfico e implementar mecanismos de vigilancia fronteriza. Sin embargo, convendría sospechar de tal acercamiento y suponer que el acuerdo contempla más que lo que los jefes de Estado dijeron que contemplaba, ya que se sabe que el fundamentalismo islámico pretende expandirse por todo el mundo y que sus medios para hacerlo no son precisamente la persuasión democrática o pacífica. Para ello, emplea redes de influencia ideológica que muchas veces se sirven de tecnología de punta, justamente esa que nació en el denostado Occidente. Por ese motivo, si la influencia de la teocracia islámica se hace más fuerte, Bolivia podría convertirse en un factor de preocupación ya no solo para los bolivianos, sino para las sociedades de América del Sur. Cabe recordar que hace unos días se publicó en La Nación de Buenos Aires un artículo que alertaba justamente sobre ello.
Sería cuando menos ingenuo pensar que un régimen autoritario como el de Irán pretende relaciones diplomáticas en el marco de la autodeterminación y la no injerencia; los regímenes dictatoriales no operan así, y menos cuando son potencias militares y tienen programas nucleares, como es el caso del país asiático.
Con todo esto no se trata de defender el régimen de Netanyahu ni mucho menos las masacres que aquel perpetra contra miles de palestinos que nada tienen que ver con los absurdos conflictos de israelíes e iraníes. Pero sí de cuestionar severamente las relaciones que Bolivia tiene con Irán, que no es una democracia. Si nuestro país quiere ser democrático, debe cortar sus vínculos con los matones del mundo, con aquellos que pretenden eliminar los logros conseguidos por la civilización occidental. El nuevo gobierno debe considerar seriamente este asunto.
Irán y Bolivia caminan juntos…
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