Tributo a Marcelo Martins Moreno
Llevo varias semanas suspendido, reflexionando acerca del propósito de la vida, con los sentimientos encontrados, en medio de la nostalgia del presente y el entusiasmo del pasado; a pesar de ello, mi lapicero se mantuvo en contacto con el papel, pues era inaceptable no dedicarte palabras de gratitud, reconociendo la magnífica carrera que cimentaste con mucha dedicación.
Aquel niño que vendía hamburguesas y refrescos en las graderías del Tahuichi, de a poco se convirtió en uno de los máximos referentes del fútbol sudamericano, un delantero de élite que combinó su determinación, con una excelente vocación de área; caracterizado por tener un férreo sentido de pertenencia, fuiste capaz de llevar la nueve en la espalda, y a todo un equipo en busca de la victoria.
Respetando la promesa de siempre llevar a Bolivia en el corazón, elegiste defender nuestra camiseta, brindándote al límite en cada partido; arrastrando marcas, rematando con autoridad, cabeceando con potencia, asumiendo la responsabilidad de ejecutar penales con jerarquía, enarbolando la tricolor lleno de orgullo y prestancia.
Muchas veces estuviste solo, demostrando un aplomo extraordinario, flameaste como un estandarte en campo enemigo; a consecuencia de tu notable coraje, fuiste temido por los zagueros rivales, sabían que en la más mínima oportunidad llegarías a convertir otro gol, para la alegría de un pueblo que muchas veces te fue ingrato, pero que aun así, diste todo por verlos sonreír.
Por más que no hiciste realidad el sueño anhelado de clasificar a un Mundial, te reinventaste como una leyenda, convirtiendo al dorsal número nueve en un símbolo de perseverancia, devolviendo el prestigio que se merece la casaca esmeralda, dejando un vasto legado y un ejemplo a seguir para futuras generaciones.
Ofrendaste tu capacidad de anotar a los pies del Illimani, en presencia del dios Sol, ganándote un lugar privilegiado, entre los mejores jugadores que vio el Siles, haciendo sensacionales goles de cabeza como lo hacía Máximo Alcócer, asumiendo el compromiso de Ramiro Blacut, estando a la altura de la maestría de Víctor Agustín Ugarte, y demostrando el mismo arrojo de Marco Antonio Etcheverry.
La Verde te amó con la misma intensidad con que tú lo hiciste, ufana de tu memorable trascendencia, consagró tu nombre hasta obsequiarte la inmortalidad, siendo venerado por los cóndores que sobrevuelan el firmamento de Viracocha.
Tu incuestionable profesionalismo te llevó a ser uno de los goleadores históricos de la región, traspasando todas las fronteras; en tu último partido con la Selección, pusiste de pie al mítico Estadio Centenario, a un pueblo uruguayo que, con hidalguía, reconoció tu grandeza por medio de su aplauso, despidiéndote de la mejor manera.
Sin ninguna duda, eres uno de los líderes más sobresalientes en la historia del deporte boliviano, quedó demostrado que tu sacrificio nunca fue en vano, pues serás recordado por la eternidad, como el más grande campeador que dio la afamada tierra cruceña, gracias Marcelo.
El autor es Comunicador, poeta, artista.
