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Escándalo electoral en Brasil

Fabian Freire

Lo acontecido el pasado 25 de octubre del presente año en la segunda vuelta en Brasil, sin dudas, nos deja mucho que pensar. El resultado, para la gran mayoría, fue una sorpresa, pues Flávio Bolsonaro partía con amplia ventaja frente a un Lula que llegaba totalmente desgastado. Empero, en tres semanas, el líder de extrema izquierda logró “dar vuelta a la tortilla”.
En lo personal, un triunfo de Lula me parecía bastante factible, pues en toda la campaña de segunda vuelta aplicó prácticas gubernamentales populistas. De igual forma, en los debates logró superar ampliamente a su contrincante, quien no supo defenderse correctamente de las mañas del líder de la extrema izquierda.
El resultado final terminó favoreciendo ampliamente a Lula, siendo esta una de las remontadas políticas más remarcables de los últimos años. Empero, para mí, y creo que para muchos otros, este triunfo electoral no está caracterizado por ser un batacazo o una gran remontada, sino más bien por el escándalo y por el uso de prácticas antidemocráticas.
El hecho de que, curiosamente, un juez muy afín y amigo de Lula decidiera prolongar la votación por dos horas más deja mucho que pensar. Primero, porque medidas de esta clase son totalmente controversiales, y mucho peor si son aplicadas en una situación tan crítica, en la que abiertamente un candidato pide prolongar el horario de votación.
En este apartado, coincido plenamente no solo con lo expuesto por el bolsonarismo, sino también con el mismo presidente Donald Trump: las elecciones en Brasil han quedado totalmente manchadas y caracterizadas por prácticas tramposas. Le pido al lector que imagine si esta ampliación de la votación se aplicara en nuestro país. De lo último que el pueblo hablaría sería de unas elecciones limpias en las que el sistema democrático fue fortalecido, sino todo lo contrario.
Lo relevante es que esta clase de controversias no son nuevas en las elecciones de Brasil, pues en las pasadas elecciones Jair Bolsonaro también denunció maniobras sucias que favorecían los intereses de Lula y su partido. Lo más preocupante es que, como buen líder de ultraizquierda, Lula ya empezó la cacería de brujas en contra de sus opositores. Flávio Bolsonaro tuvo que huir rápidamente a los Estados Unidos para no ser aprehendido.
Era evidente que, de ganar Lula, Flávio Bolsonaro sería perseguido, mucho más si desafió y encaró al líder de la ultraizquierda. Hoy queda más claro que nunca que Lula, quien por muchos años fue considerado un ejemplo de líder regional, es antidemocrático y que su juego siempre ha sido el juego del comunismo: el juego de la persecución, el amedrentamiento y la miseria.
Lo que más consternado me deja es que los escándalos electorales quedarán impunes una vez más, y esto es no solo un debilitamiento de la democracia en Brasil, sino también de la democracia regional. Las elecciones deben ser transparentes, limpias y ajenas a las presiones o injerencias gubernamentales, algo que no sucedió el pasado 25 de octubre.
No me sorprendería que el triunfo de Lula tenga repercusiones electorales significativas en nuestra región, que se ha caracterizado estos últimos años por votar en contra del socialismo del Siglo XXI. De haber ganado Bolsonaro, se hubiera puesto fin al dominio del socialismo del Siglo XXI en la región; empero, al ocurrir lo contrario, esto puede resultar un nuevo impulso para la extrema izquierda.
Lo único que me queda claro es que este proceso electoral ha estado caracterizado por las malas prácticas y el escándalo, y que Lula tiene tendencias totalitarias y puede venir a reemplazar el rol de Maduro en los próximos años. Deja mucho que desear la forma en la cual toda la familia Bolsonaro fue perseguida y acosada por el régimen de Lula, el cual está mostrando que no tiene límites si se trata de perseguir a sus opositores.

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