Por: Yara Alejandra Calderón Pereyra
De pronto te quedas sentado frente a una pila de papeles que debes organizar para el trabajo o las lecciones que debes aprender para un examen, o soñando con el negocio que quieres emprender hace meses o años. Postergando en el tiempo, dándole vueltas y más vueltas para empezar. Seguro que sí.
Y nos encontramos cara a cara con la procrastinación, el comportamiento que nos lleva a posponer tareas y proyectos, abriendo una brecha entre lo fácil que debería ser actuar y lo imposible que parece, creando una disonancia cognitiva que refuerza el bloqueo en lugar de romperlo.
Pasarse horas, días o meses retrasando tareas sencillas o complejas a pesar de querer hacerlas, podría no ser un problema de pereza o fuerza de voluntad, sino un estado de bloqueo neurológico en el que la señal de inicio del cerebro simplemente no se activa. Entender por qué ocurre es el primer paso para superarlo de una vez.
Desde la neurociencia, la amígdala ubicada en el sistema límbico trata la tarea como una amenaza, ya que no hace distinción entre un oso y un documento en blanco. Responde ante el peligro percibido y las tareas cargadas de miedo al fracaso, al juicio, a la crítica o a la sobrecarga, desencadenando la misma paralización que el cuerpo siente ante un peligro físico. Peor aún, cuando la tarea compromete nuestra reputación, estatus o identidad, la mente interpreta el posible error como una amenaza contra la cual hay que protegerse.
El cerebro evalúa el peligro preguntándose: ¿Y si fracaso? ¿Y si no sale bien? ¿Y si no lo termino a tiempo? Y nuestra vocecita interna responde: “Lo haré después”, “trataré de mejorarlo”, “no es suficiente”. Pero no sabemos si es el eco de nuestra propia voz o la de papá o mamá presionándonos en la infancia para hacerlo mejor. El resultado es la parálisis de tanto analizar, evaluando posibilidades, anticipando fallos y planificando escenarios hipotéticos, agotando la capacidad de acción antes de dar el primer paso.
Inconscientemente nos llevamos al límite de seguir aprendiendo y actualizándonos constantemente, siguiendo la receta que nos dejaron como guía. Ahora tenemos el conocimiento, ideas brillantes, experiencia y sabemos exactamente qué hacer; pero extrañamente aún nos encontramos sentados ante la computadora, divagando en el celular o mirando el techo de nuestro dormitorio, sin lograr arrancar, cuando otros quizás con menor talento y posibilidades materializan sus proyectos.
¿Qué sucede entonces? ¿Qué tan difícil puede ser dar el primer paso, o las expectativas son tan altas?
Te das cuenta de que vives exigiéndote para direccionar tu vida hacia la cultura de “hacerlo todo bien”, pero incluso eso parece quedar pequeño, porque la mente exige un nivel de excelencia inalcanzable. Así transcurre la vida con mentes que aún procrastinan, no por flojera, sino por miedo a no ser suficientemente perfectos, miedo al fracaso, miedo a empezar. Esta mentalidad impone estándares tan irracionales que iniciar una tarea, redactar una propuesta, grabar un video, preparar un taller o iniciar un proyecto, genera una carga de estrés abrumadora. Ante semejante presión, el cerebro activa un mecanismo defensivo: la postergación.
El perfeccionismo no es una muestra de alta exigencia ni de amor por la excelencia; en el fondo, es una jaula dorada construida con el miedo a no ser suficiente. Nos promete seguridad frente a la crítica, pero nos paga con parálisis, silencio y el peso invisible de lo no hecho.
Las mejores ideas, los proyectos que transforman realidades y las palabras que merecen ser escuchadas no nacen pulidas desde el principio; nacen valientes, imperfectas y humanas. Anticipamos temores que en su mayoría ni siquiera suceden Esperar el momento ideal o la versión impecable es la forma más sutil que tiene el miedo de robarnos el presente.
“EMPRENDE EL VIAJE, LA CARGA SE ACOMODA EN EL CAMINO”
Sobre la autora: Es Comunicadora Social, Coach Empresarial, Consultora Tech, Especialista en Marketing Digital y Contenidos Multimedia; y Terapeuta Holística e Integrativa.
