La incorporación de Bolivia a las dinámicas globales de seguridad plantea una disyuntiva geopolítica fundamental respecto a la naturaleza de sus alianzas estratégicas. Frente a los desafíos transnacionales del crimen organizado y el lavado de activos, la iniciativa del Escudo de las Américas surge como alternativa de cooperación técnica obligatoria. Evaluar esta alianza requiere pragmatismo: para un Estado que comparte una matriz cultural occidental, principios constitucionales republicanos y una vocación democrática fundamental, resulta natural y coherente consolidar lazos con Estados Unidos, la primera potencia del planeta, en lugar de arrojarse a los brazos de regímenes autocráticos y distantes. Guste o no el gobierno de Trump, lo cierto es que Estados Unidos es todavía la primera potencia mundial en tecnología, economía y política, y sería poco inteligente que Bolivia se aislara nuevamente.
Poco importa que haya movimientos y políticos que detracten la adhesión de Bolivia al Escudo de las Américas. Lo importante es que haya una estrategia internacional para combatir a estas mafias del crimen organizado, lo cual demanda logística y dinero. El país necesita desbaratar estos núcleos mafiosos que provocan balaceras y siembran el pánico en poblados y ciudades importantes.
La retórica antiimperialista suele mirar con sospecha la cooperación norteamericana, prefiriendo el acercamiento a potencias como China o Irán bajo la falsa premisa de una solidaridad desinteresada. Sin embargo, en el tablero internacional nadie actúa por altruismo puro; las ambiciones de Pekín o Teherán responden a sus propios intereses de expansión e influencia global, a menudo contrapuestos a las libertades civiles fundamentales. La diferencia radica en que los vínculos con el entorno hemisférico occidental se asientan sobre un marco de valores democráticos compartidos que, al menos en teoría, exigen transparencia, rendición de cuentas y respeto a los derechos humanos, conceptos inexistentes en las agendas de los autoritarismos asiáticos o totalitarismos teocráticos. Esos valores tienen que ver con la transparencia, la justicia independiente, las elecciones libres y la rendición de cuentas.
Se espera que la adscripción efectiva al Escudo de las Américas se traduzca en una transferencia real de tecnología, inteligencia financiera y coordinación operativa para combatir de manera frontal al narcotráfico, una lacra que debilita la soberanía nacional y corrompe las instituciones locales. Optar por una alianza hemisférica seria y fiscalizable es un acto de realismo político esencial para rescatar al territorio de la criminalidad organizada y asegurar la estabilidad de la región. Bolivia necesita fortalecer lazos con países que puedan aportarle algo y dejar de entablar sus relaciones internacionales en función de la ideología y el resentimiento, como lo ha venido haciendo en las últimas décadas.
Escudo de las Américas: pragmatismo geopolítico y valores compartidos
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