El rodaje de LA CAÍDA DE LA BALLENA se llevó a cabo entre junio y septiembre de 2025 en distintas locaciones de California, entre ellas Monterey, San Pedro y la isla Catalina, y en los platós de CBS Radford Studios, en Studio City. El director, coguionista y productor Brian Duffield quería que la película fuera lo más realista y fiel posible al libro. Por eso, siempre que se pudo, se filmó en los mismos lugares en donde transcurre la historia.
La playa Monastery Beach y su ensenada, situadas al sur de Monterey y Carmel-by-the-Sea, sirvieron para filmar las escenas en las que Jay entra por primera vez al océano desde una playa rocosa en donde lo zarandean las olas. Monastery Beach —la playa del monasterio— debe su nombre al histórico Monasterio Carmelita de Nuestra Señora y Santa Teresa, construido en 1931 junto a la carretera 1, con vistas al impresionante paisaje costero cerca de Point Lobos. Aunque oficialmente forma parte de Carmel River State Beach, los habitantes de la zona, los buzos y los visitantes la llaman desde hace mucho tiempo Monastery Beach por la imponente silueta del monasterio sobre la costa.
Aunque Monastery Beach es famosa por sus aguas cristalinas y su extraordinaria vida marina, también es uno de los lugares más difíciles de California para bucear desde la costa. La producción eligió este conocido sitio de buceo porque desde allí se accede directamente al espectacular cañón submarino de Carmel, uno de los más profundos de la costa del Pacífico. Las olas que rompen con fuerza en la orilla, las intensas corrientes de retorno y el abrupto descenso del fondo marino le valieron el apodo local de Mortuary Beach (playa mortuoria).
Para las unidades de rodaje en mar abierto y submarinas, que trabajaron en el Pacífico frente a la bahía de Monterey, San Pedro y la isla Catalina, la producción utilizó hasta diez embarcaciones y numerosas grúas. Trabajar todos los días a kilómetros de la costa exigió una coordinación extraordinaria entre el elenco, el equipo de rodaje, los equipos de cámara y de buceo y el personal de seguridad. Fue una operación logística de gran envergadura en la que todos colaboraron para llevar a la pantalla la visión de Duffield con la mayor autenticidad posible.
“Tener aquella flota de embarcaciones en el mar frente a Monterey fue una locura —recuerda Duffield—. Y usar una grúa en medio del océano fue un disparate. Después, algunos nos reímos de lo ambiciosos y descabellados que habían sido nuestros planes. Una vez que conseguimos todas las tomas y tuvimos tiempo para asimilarlo, los planes nos parecían cada vez más disparatados”.
Duffield contó con un equipo de enorme talento detrás de cámaras, integrado por varios jefes de departamento con quienes ya había trabajado, entre ellos, el director de fotografía Aaron Morton, NZCS (La primera profecía, Posesión infernal, de 2013, y Nadie podrá salvarte); el diseñador de producción Ramsey Avery (Nadie podrá salvarte); el montajista Pietro Scalia, ACE, ganador de dos premios Oscar® (La caída del halcón negro, JFK); la diseñadora de vestuario Natalie O’Brien (OTRO VIERNES DE LOCOS, Nadie podrá salvarte); el supervisor de efectos visuales Guillaume Rocheron, ganador de dos premios Oscar® (1917, Una aventura extraordinaria); y el compositor Joseph Trapanese (MIKE Y NICK Y NICK Y ALICE, Nadie podrá salvarte).
Pero fueron Morton, Avery y Rocheron quienes acompañaron a Duffield durante todo el proceso. “Eran tres piezas fundamentales del rompecabezas que teníamos que armar —explica el productor Allan Mandelbaum—. Se convirtieron en el núcleo duro de la producción
Nos reuníamos con ellos todas las semanas, a veces por Zoom, para hablar de cómo íbamos a hacer la película”.
Finalmente, decidieron construir decorados físicos y recurrir a los efectos visuales para añadir el movimiento de los músculos, la translucidez y la apariencia gelatinosa del
estómago de la ballena. “Creamos un entorno fotorrealista que podía moverse físicamente, pero hay elementos de la naturaleza, como los órganos y los músculos, que son muy difíciles de recrear. Por eso aprendimos a hacerlos por computadora —explica Rocheron—. También aprendimos a simular la translucidez de la piel y de los materiales gelatinosos semitranslúcidos, que habría sido imposible fabricar con materiales que tuvieran la resistencia necesaria para el rodaje”.
“En una película con una premisa tan extrema, era muy importante rodar con elementos reales—dice el productor Brian Grazer—. En Apolo 13, creamos la sensación de ingravidez filmando en un Boeing KC-135. Hasta entonces, la ingravidez se había recreado con cables que después se eliminaban digitalmente. Pensamos que combinar la ciencia y el cine nos ayudaría a darle autenticidad. El público percibe lo intangible… lo vive. Y en una película que busca conmover, hay que procurar que todo sea lo más natural y real posible. Y creo que lo logramos en LA CAÍDA DE LA BALLENA”.
