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Mientras el mundo innova, nosotros discutimos sobre chisme

Rolando Coteja Mollo

Mientras las grandes potencias destinan recursos y talento a desarrollar inteligencia artificial, biotecnología o energías limpias (avances que, con sus riesgos y contradicciones, terminan moldeando la vida de miles de millones de personas), buena parte de nuestra conversación pública como país sigue atrapada en el chisme, la farándula y la política de bajo vuelo. No es un problema menor ni una simple cuestión de gustos: es un síntoma de hacia dónde estamos mirando como sociedad, y de hacia dónde no.
El filósofo de los medios, Neil Postman, advirtió hace cuatro décadas que cuando el entretenimiento se convierte en la métrica de todo discurso público, terminamos discutiendo sobre los asuntos más serios (la salud, la educación, la política) con la lógica superficial del espectáculo (Postman, 2012). Esa advertencia, pensada para la televisión de los años ochenta, resulta hoy todavía más certera en un ecosistema de redes sociales que premia el escándalo instantáneo por encima del análisis pausado. El resultado es previsible: los temas que exigen atención sostenida –corrupción, institucionalidad, ética pública– pierden la pelea por la atención frente al escándalo del día, la confrontación mediática de turno o la comidilla política convertida en mero entretenimiento.
Esto no es una anécdota inocua de color folclórico, pues tiene consecuencias medibles y devastadoras para el desarrollo nacional. Según el Índice de Percepción de la Corrupción, Bolivia (2025) registró 28 puntos sobre 100, ubicándose entre los países peor calificados del continente y tocando mínimos históricos en materia de integridad institucional. Son datos estructurales que deberían ocupar el centro del debate de manera permanente y, sin embargo, compiten en absoluta desventaja frente a la nota viral de la semana o la distracción partidaria.
El deterioro del tejido democrático no se limita a la corrupción como fenómeno administrativo abstracto, sino que profundiza una severa crisis de confianza institucional. Así el Latinobarómetro ha situado a Bolivia con niveles de satisfacción democrática y de confianza hacia el gobierno, el Órgano Judicial y los partidos políticos, entre los más deprimidos de la región (Vaca, 2025). Esa desconfianza estructural se ha visto agudizada por una coyuntura de escasez económica, protestas sociales y tensiones políticas que desgastan el vínculo entre los gobernantes y la ciudadanía (Última Hora, 2026).
Es justo reconocer que no toda la responsabilidad recae en una sola administración de gobierno, ya que cualquier gestión hereda desafíos macroeconómicos complejos, presiones internacionales y distorsiones acumuladas durante décadas. Esa es una lectura analítica que merece un espacio serio en la deliberación pública, pero por esa razón el país no puede permitirse discutir sobre los problemas nacionales únicamente en clave de escándalo superficial o de trincheras ideológicas; se requiere un escrutinio informado, riguroso y constante.
El riesgo profundo de este estado de cosas no radica en la existencia misma del chisme o del entretenimiento (los cuales forman parte natural de la vida social), sino en que éstos desplacen por completo los espacios destinados a la ética pública, la vigilancia ciudadana y la exigencia de resultados. Cuando la indignación colectiva se agota en la polémica efímera de las redes sociales y no se traduce en fiscalización real sobre el uso de los recursos del Estado, terminamos administrando la distracción en lugar de resolver los problemas del país.
Superar esta trampa discursiva exige un compromiso que no depende solo de la voluntad de los líderes políticos de turno, depende de una ciudadanía dispuesta a exigir información verificable en lugar de consumir pasivamente indignación fácil; de medios de comunicación que jerarquicen lo relevante sobre lo rentable; y de instituciones educativas capaces de formar un juicio crítico frente al aluvión de contenidos triviales.
Mientras el mundo compite de manera acelerada por definir el futuro tecnológico, científico y social de la humanidad, las sociedades que desvían su atención hacia la comidilla se condenan al rezago. El norte estratégico de una nación no se extravía de un día para otro por obra del azar; se pierde cuando, distraídos por el ruido cotidiano, permitimos que la brújula de lo importante quede sepultada bajo el peso de la irrelevancia.

El autor es politólogo-abogado y docente universitario.
rcoteja100@gmail.com

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