La burocracia en Bolivia no es solo un trámite; es un anacronismo que castiga el tiempo y la dignidad del ciudadano. Mientras el continente avanza hacia la eficiencia, el Estado boliviano permanece sepultado bajo toneladas de papel sellado, copias a color y timbres físicos. Esta mediocridad institucional y su exasperante lentitud no son fallas logísticas accidentales, sino el síntoma de un aparato público que se resiste a la modernidad para proteger el clientelismo y la ineficiencia.
La comparación con la región nos lleva a la reflexión crítica. Países vecinos como Chile, Argentina y Brasil han transformado su relación con el ciudadano mediante una digitalización agresiva. En Santiago o Buenos Aires, la creación de empresas, el pago de impuestos o la obtención de licencias se resuelven en minutos desde una pantalla. En Brasil, la identidad digital unificada eliminó la necesidad de peregrinar por ventanillas. Bolivia, en contraste, sigue atrapada en la cultura de la fila desde la madrugada, el “vuelva mañana” y el maltrato burocrático como política de atención.
Hace unos años se publicó un estudio que indicaba que Bolivia es uno de los países que más hacen perder el tiempo y el dinero de sus ciudadanos en trámites mal diseñados o en papeles o fotocopias que no tienen mucho sentido. En los tiempos que corren, cuando la IA se va insertando en muchos campos de la vida humana, cuando la tecnología digital bien empleada hace que las personas alivien sus cargas, en Bolivia, debido a esas mentalidades colectivas difíciles de explicar, pero que se aferran a lo lento, a lo difícil o a lo corrupto, las personas que hacen trámites en instituciones del Estado parecen seguir viviendo en el Siglo XX.
Esta preocupante parálisis no se limita a los ministerios; se extiende a los servicios estratégicos controlados por el Estado. El caso de Boliviana de Aviación (BoA) es la analogía perfecta de este letargo. Demoras crónicas, reprogramaciones arbitrarias y una atención al cliente displicente, para no mencionar pérdidas de equipaje o incluso incidentes en las naves, que ponen en riesgo la integridad física de los usuarios, son el pan de cada día en el monopolio aéreo estatal. Mientras en otros países de la región la libre competencia y los cielos abiertos permiten la convivencia de aerolíneas que compiten ferozmente con mejores precios, puntualidad y tecnología, el usuario boliviano está cautivo de una empresa ineficiente y costosa.
La falta de opciones condena al país al aislamiento y al atraso. Hay que tener presente que fueron las ideologías y corrientes izquierdistas y de lo “nacional-popular” las que históricamente, bajo el discurso de la soberanía, llevaron al país al rezago o a una especie de ensimismamiento respecto al avance de los demás países. Modernizar Bolivia no es comprar —o no es solamente— computadoras o prestarse dinero de organismos financieros del extranjero, para obras públicas de poca trascendencia. Es erradicar la mentalidad del papel, abrir los mercados y entender que el servicio público debe servir al ciudadano, y no al revés.
La mediocridad como norma institucional
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