Bolivia asiste a un nuevo capítulo de degradación institucional que roza lo tragicómico. La reciente e insólita maniobra del vicepresidente Edmand Lara al autoproclamarse “presidente en ejercicio”, aprovechando el viaje temporal del mandatario Rodrigo Paz Pereira a Estados Unidos, expone un apetito de poder tan voraz como inmaduro. Esta desesperación por figurar, pasando por encima de decretos de gobernanza digital y forzando interpretaciones constitucionales, no es un acto de celo democrático; es la extravagancia de un actor político desesperado por atención, dispuesto a convertir la conducción del Estado en un sketch personal para alimentar sus plataformas digitales. Es, además, una secuela de la larga historia democrática que está entre la comedia y la tragedia, que es la responsable de la pobreza material en la que hoy vive el país.
La preocupante radiografía de la figura pública de Lara quedó expuesta durante la reciente e indignante tragedia del regimiento militar en Viacha. En medio del luto por las víctimas de las explosiones, el país contempló con vergüenza ajena videos en los que Lara increpaba y perseguía físicamente a un coronel del Ejército, rompiendo toda jerarquía y protocolo institucional. Este afán de empujar autoridades, camuflado de supuesta “fiscalización ciudadana”, desnuda al verdadero personaje: un expolicía que saltó a la fama en TikTok capitalizando el descontento popular, pero que carece de la madurez, el respeto a las leyes y la templanza necesarias para coordinar los destinos de una nación en crisis. ¿Cómo un electorado puede dejarse embaucar por personajes así, tan vacíos de cultura como impulsivos y temerarios?
Este tipo de hechos obliga a una profunda y amarga reflexión sobre los criterios del voto en Bolivia. ¿Por qué los bolivianos seguimos eligiendo sistemáticamente a personajes movidos por el histrionismo, el mesianismo y la confrontación callejera? ¿Qué le sucede a la democracia cuando ésta se llena de demagogos y palurdos?
La llegada de figuras como Lara al segundo cargo más importante de la república es el síntoma de una sociedad políticamente huérfana, que por su afán de castigar a las élites tradicionales, termina entregando el poder a agitadores mediáticos desprovistos de planes económicos o seriedad estatal. El voto no puede seguir siendo un impulso emocional de revancha; mientras se siga premiando el espectáculo por encima de la capacidad y la ética, Bolivia estará condenada a ser gobernada por el capricho de sus propios demagogos de turno.
Durante muchas semanas, Lara se cansó diciendo que trabajaría arduamente para reformar la Policía boliviana, una institución que no se caracteriza precisamente por su transparencia. Hasta el día de hoy, nada ha hecho al respecto, tampoco ha hecho algo relevante o trascendente en otra área. Es un funcionario que gana elevado salario por hacer apariciones mediáticas nada más. A estas alturas, incluso ya sería extraño que su propio electorado siga apoyándolo o creyendo en él.
La degradación del voto ciudadano
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