La fuerza superior que nos muda de espacios: regresen a nosotros, los vientos curativos del Altísimo, soplen hacia nuestros interiores y háganse crónica viviente. Retorne su aura al ruedo del regocijo. Así, de este modo, todo se reaviva y se redime. El recorrido se vuelve digerible, haciendo que no nos cansemos de vivir. Salvados del maligno, el corazón palpita esperanzado, hace que renazca la alegría y que nazca la armonía entre sones diversos, floreciendo la paz en el alma.
I.- La pujanza del Espíritu Santo: origina
un renacer nuevo
Con la vuelta del Espíritu todo se vence, se crea un mundo nuevo que nos recrea, una nueva humanidad que nos hermana; quitamos recelos e incluimos invención, hasta estallar de risa y sonreír contento. En Cristo Jesús, el ser humano se revive, y puede ser lo que está convocado a ser; sólo hay que proseguir en su evocación, dejarse trasferir por su llamada cada día, como aliento y alimento de subsistencia. La brisa del amor divino nos reconforta, nos vivifica interiormente y en relación; es una llama que llamea sin consumirse, son lenguas de fuego que nos encadenan, a ser parte del poema que a Dios ensalza.
II.- El ánimo orante reunido: suscita un
inédito renacer
Todos unidos en rogativa nos apoyamos, es el clima correcto para tomar la gracia, para recibir mar adentro el don del Padre: el estímulo de la esperanza como energía, y el descanso eterno con la quietud santa. Nunca es tarde para hablar con el Señor, su verbo nos alienta a brotar como verso, pues su aire vive en el origen de la vida, como soplo de bondad y de viva verdad, como vaho de ciencia con su conciencia. Fusionados entre nosotros y con Cristo, nada nos amedrenta y todo se estimula, desciende un bullicio que nos despierta; y, a la vez, un sosiego que nos asciende a reconciliarnos entre sí y en comunión.
III.- Un pueblo en camino: engendra
andares lozanos
Allá donde está el brío hay movimiento, se rehacen caminos y se hacen visiones. Marchar vale la pena, aunque te caigas; y, sí me caí, es porque estaba paseando, descubriendo y describiendo corrientes. Lo sustancial es pasar haciendo el bien, recolectando el ministerio de la entrega, recogiendo y acogiendo el virtuoso latir, que es lo que nos torna templo de Dios, y viva morada de cualquier ser viviente. Que la celeste sabiduría nos manifieste, a ver todo con los ojos de la concordia; a entrar en las evidencias de la caridad, con la prudencia y la preferente piedad, y bajo la reverencia a la venerable Cruz.
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