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Gobierno hace reciclaje del pasado fracasado

El gobierno de Rodrigo Paz Pereira transita por una senda de contradicciones que amenaza con minar su legitimidad. A pesar de haber asumido el poder con la promesa de representar un cambio frente a la hegemonía del MAS y dejar atrás la “ideología de la corrupción”, la configuración de su círculo íntimo de poder y estrategia política cuenta con figuras de malos antecedentes y claros vínculos masistas, operando como un caballo de Troya en la estructura estatal. Ya en la campaña electoral, muchos líderes de opinión advertían que el rodriguismo sería nada más que un “neomasismo”
Resulta incomprensible para la ciudadanía que personajes vinculados al pasado oficialista, como el exministro del MAS Manuel Canelas, o estrategas de oscuro historial como Wálter Chávez, figuren de una u otra manera en el andamiaje político y la arquitectura de decisiones del mandatario. A esto se suma el alarmante protagonismo de consultores externos cuestionados internacionalmente, como el polémico argentino Fernando Cerimedo, cuya influencia y libre acceso a las altas esferas del gabinete han encendido las alarmas de la oposición y de la propia población por presunta injerencia y tráfico de influencias. ¿Cómo se puede construir una nueva etapa institucional gobernando con los mismos operadores del pasado y con estrategas bajo sospecha?
La incoherencia gubernamental alcanzó su punto máximo con el reciente y criticado nombramiento de la asesora del Ministerio de la Presidencia, a cargo de Fernando Aramayo. Esta designación no solo representa una afrenta para quienes votaron por un rumbo distinto, sino que consolida la percepción de que el actual Ejecutivo prefiere reciclar cuadros cuestionados en lugar de promover profesionales con trayectorias limpias. ¿Con qué moral puede el gobierno de Paz hablar de un rumbo nuevo para el barco del Estado, si se está contratando a masistas para que lo timoneen? ¿Es que no existen otras personas sin pasado político oscuro que puedan desempeñar un buen trabajo?
Bolivia no puede permitirse un Gobierno que hable de renovación en los micrófonos mientras en las sombras se apoya en los mismos hilos conductores de la crisis política anterior. Hasta parecería que el gobierno ve a la ciudadanía con burla o sorna, pues ¿qué otra cosa puede suceder cuando aquel contrata para altos puestos a personajes que sirvieron al peor gobierno de la historia del país? Bolivia está en una terrible crisis económica y moral, y parece que al gobierno no le interesa ni en lo más mínimo granjearse la confianza de la ciudadanía que depositó su confianza en Paz Pereira.
Exigir transparencia y coherencia no es una opción, sino un deber democrático si se quiere evitar que el país sea devorado por las viejas mañas del oportunismo político. Lo que el gobierno está haciendo es el colmo del cinismo político, y si quiere recuperar algo de credibilidad deberá “limpiar” el aparato público de oscuros personajes del pasado.

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