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Enemigos íntimos

Marcelo Miranda Loayza

El gobierno de Rodrigo Paz atraviesa, sin duda, uno de sus momentos más complejos. El escándalo de proporciones generado en torno al asesor argentino Fernando Cerimedo, está colocando contra las cuerdas a una administración que, hasta el momento, parece caracterizarse por la ausencia de una identidad política definida, de ideas claramente estructuradas y, más preocupante aún, de criterios éticos sólidos en la gestión pública. Este episodio no constituye únicamente una controversia circunstancial, sino que expone interrogantes de fondo respecto a la forma en que son tomadas decisiones y son construidas las relaciones de poder en el entorno presidencial.
El problema central parece radicar en la calidad y solvencia de algunas de las personas con las que el presidente Paz ha decidido trabajar. Fernando Cerimedo, no parece ser, ni de lejos, una figura que pueda asociarse con una trayectoria caracterizada por la transparencia y la solvencia ética; basta revisar el particular rastro que ha dejado en los distintos países donde ha desempeñado funciones de asesoría. En política, las compañías también comunican y proyectan una determinada imagen de quienes ejercen el poder. El antiguo dicho popular “dime con quién andas y te diré quién eres” adquiere, en este caso, una dimensión política y mediática, particularmente significativa.
En este contexto, adquiere especial relevancia la controversia en torno a las declaraciones del actual ministro de la presidencia, Fernando Aramayo, quien sostuvo que Cerimedo no mantenía ningún vínculo con la actual administración e incluso llegó a negar su presencia en dependencias gubernamentales. Sin embargo, el periodista Carlos Valverde y la politóloga Natalia Aparicio señalaron que el asesor argentino habría contado, incluso, con una oficina en el Palacio de Gobierno. De confirmarse esta última versión, estaríamos ante algo mucho más grave que una simple discrepancia comunicacional: se trataría de una autoridad de Estado que habría faltado a la verdad respecto a la presencia y la influencia de una persona vinculada al círculo más cercano del presidente Rodrigo Paz. Las contradicciones, las versiones cambiantes y las falacias parecen haberse convertido en una constante dentro del actual Gobierno. En una administración que debería transmitir certezas y estabilidad, la sucesión de episodios confusos termina generando precisamente el efecto contrario. Quienes no logran encajar en esta especie de ruleta rusa política, en la que parece desenvolverse el Gobierno, terminan alejándose o presentando su renuncia.
Naturalmente, los asesores son necesarios y forman parte de cualquier administración moderna. Sin embargo, en un país con enormes limitaciones económicas y profundas necesidades sociales, resulta difícil justificar que sean destinados recursos públicos a una multiplicidad de asesores, cuando existen ministros y estructuras institucionales creadas precisamente para asumir responsabilidades de gobierno. La cuestión, por tanto, no es únicamente cuánto se paga por asesorías, sino qué tipo de poder se está construyendo alrededor del presidente y cuáles son los criterios utilizados para seleccionar a quienes participan de las decisiones más importantes del Estado. Cuando los círculos de confianza comienzan a sustituir a las instituciones, la frontera entre asesoramiento y poder paralelo puede tornarse peligrosamente difusa.
Pareciera que los entretelones del poder están seduciendo demasiado a quienes actualmente lo ejercen. Paradójicamente, algunos de los amigos íntimos del presidente Paz podrían terminar convirtiéndose en sus más acérrimos enemigos, no necesariamente por voluntad propia, sino como consecuencia directa de una sucesión de errores, contradicciones y cuestionamientos éticos que terminan debilitando al propio mandatario. Mientras tanto, Bolivia se aproxima peligrosamente al abismo como consecuencia de una gestión que da la impresión de estar marcada por la improvisación, arrastrando con ella a una población cuya paciencia se agota frente a la escasez, el incremento de los precios y las interminables filas.
Todo parece indicar que estamos ingresando en los primeros capítulos de una verdadera novela negra política, cuyo desenlace resulta todavía imprevisible. Sin embargo, a diferencia de una novela, en la vida pública las consecuencias de los errores no recaen únicamente sobre sus protagonistas: las termina pagando toda la sociedad. El gobierno de Rodrigo Paz todavía tiene la posibilidad de corregir el rumbo, recuperar la credibilidad y demostrar que las instituciones están por encima de las relaciones personales y de los círculos de confianza. De lo contrario, aquellos que hoy aparecen como sus colaboradores más cercanos podrían terminar convirtiéndose, paradójicamente, en sus enemigos íntimos, y la historia, que comenzó con promesas de renovación, podría terminar dejando como saldo una nueva decepción para Bolivia.

El autor es teólogo, escritor y educador.

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