La falta de estructuras, cohesión ideológica y proyectos políticos en los partidos que participaron de las últimas elecciones debilitó la formación de liderazgos y terminó trasladando esa fragilidad a la Asamblea Legislativa, donde la ausencia de un proyecto político común se refleja en la fragmentación de las bancadas, los cambios de posición y las dificultades para mantener una línea política definida.
El politólogo, Marcelo Silva, señaló que el actual escenario es consecuencia de un proceso que se ha profundizado durante las últimas décadas y que alcanzó un punto crítico en las elecciones recientes. El analista sostuvo que los partidos dejaron progresivamente de funcionar como organizaciones con vida interna, identidad y capacidad para construir proyectos políticos, hasta llegar a un escenario en el que hubo “partidos sin candidatos y candidatos sin partidos”.
A su criterio, varias organizaciones políticas se redujeron prácticamente a la obtención y conservación de una personería jurídica para participar en elecciones, sin una estructura capaz de sostener una relación permanente con sus militantes ni de generar liderazgos políticos.
Silva señaló que el debilitamiento de esas estructuras tiene una consecuencia directa sobre el sistema de representación, porque los partidos son los que finalmente proporcionan los candidatos que ocupan los escaños del Legislativo. De esa manera, una organización sin cohesión ni proyecto termina trasladando esas mismas características a sus bancadas.
“La Asamblea Legislativa es el reflejo de las prácticas partidarias”, afirmó en Radio Panamericana.
El politólogo sostuvo que la actual composición parlamentaria reúne a personalidades, liderazgos regionales, independientes y profesionales con distintas posiciones, pero que no necesariamente están articulados alrededor de un proyecto político común. Por ello, consideró que las divisiones actuales dentro de las bancadas no deberían analizarse únicamente como conflictos entre legisladores, sino como el resultado de una transformación más profunda del sistema de partidos.
Silva mencionó como ejemplos las dificultades que históricamente enfrentó Unidad Nacional para mantener cohesionadas sus bancadas y la situación de Libre, cuya estructura partidaria logró consolidarse alrededor de Jorge Quiroga, aunque su representación parlamentaria también fue conformada en gran medida para responder a una coyuntura electoral.
El desafío, en ambos casos, sería pasar de una organización capaz de competir en elecciones a una estructura política con funcionamiento permanente, identidad y capacidad para sostener liderazgos.
El politólogo también apuntó al Órgano Electoral. Consideró que la debilidad de los partidos no puede ser atribuida únicamente a sus dirigentes, debido a que la legislación establece mecanismos para fiscalizar su funcionamiento interno, sus congresos, la elección de candidatos, el cumplimiento de estatutos y la formación de militantes.
En ese contexto, cuestionó que el órgano electoral haya advertido sobre la proliferación de los denominados “taxipartidos” sin haber ejercido, a su criterio, un control suficiente sobre las condiciones en las que estas organizaciones funcionan.
“Si tenemos partidos que venden, alquilan, rifan, prestan personerías, no le pidamos a la Asamblea Legislativa que rompa esa lógica”, sostuvo Silva.
En el mismo programa radial, la politóloga Susana Bejarano coincidió en que el escenario legislativo es consecuencia de un debilitamiento institucional que afecta tanto a los partidos como al sistema electoral. Sin embargo, añadió otros factores, entre ellos la intervención de la justicia en decisiones vinculadas al órgano electoral y las dificultades para establecer reglas estables durante los procesos de selección de candidatos y autoridades.
Bejarano señaló que determinadas decisiones judiciales terminaron modificando candidaturas y habilitaciones, incluso en casos en los que posteriormente algunas personas llegaron a ocupar cargos de autoridad. En su criterio, estas situaciones profundizaron la fragilidad de un sistema que ya presentaba problemas de institucionalidad.
“Un legislativo que es un Frankenstein, que no sabe tampoco, constituido por partes diversas”, afirmó al describir la actual composición de la Asamblea Legislativa.
La expresión fue utilizada para referirse a un Parlamento conformado por fuerzas políticas diversas, no solamente desde el punto de vista ideológico, sino también en cuanto a sus intereses y formas de actuación. Bejarano sostuvo que esa diversidad no necesariamente implica que existan grandes proyectos ideológicos enfrentados.
Por el contrario, consideró que muchas de las diferencias actuales responden a intereses particulares, decisiones coyunturales y desacuerdos sobre la manera de ejercer el poder.
La analista puso como ejemplo los movimientos y fracturas dentro de bancadas como Unidad Nacional, Libre y el Partido Demócrata Cristiano (PDC), donde algunos legisladores han tomado posiciones distintas a las de los líderes de las organizaciones por las que llegaron al Parlamento. En su lectura, esos cambios evidencian la ausencia de una relación política sólida entre las estructuras partidarias y sus representantes.
A ello añadió la aparición de dirigentes que adquirieron notoriedad electoral principalmente a través de las redes sociales. Bejarano cuestionó que algunos de estos nuevos actores hayan llegado a cargos de representación con un conocimiento limitado del funcionamiento del Estado y de las normas que posteriormente deben aplicar.
Según su análisis, el fenómeno forma parte de una transformación de la política boliviana en la que el liderazgo individual adquirió mayor peso frente a las estructuras partidarias.
Sin embargo, la fragmentación de la Asamblea puede representar una ventaja para el Ejecutivo. Bejarano consideró que el Gobierno de Rodrigo Paz enfrenta un Legislativo que no tiene una oposición ideológicamente cohesionada y que, por tanto, no necesariamente constituye un bloque político alternativo capaz de plantear una agenda completamente diferenciada.
Pero esa ventaja puede verse limitada por la capacidad del Ejecutivo para negociar con las distintas fuerzas. Las diferencias dentro del Legislativo pueden ser aprovechadas por el Gobierno para alcanzar acuerdos, aunque los errores de coordinación, las declaraciones de algunos funcionarios y la falta de capacidad política pueden terminar generando conflictos innecesarios.
En ese escenario, la ausencia de grandes bloques ideológicos no significa necesariamente que exista estabilidad política. Una Asamblea fragmentada puede dificultar la construcción de acuerdos duraderos precisamente porque sus integrantes no responden siempre a una estructura partidaria capaz de mantener una posición común.
Finalmente, el diagnóstico de ambos politólogos apunta a un problema que precede a la actual composición de la Asamblea. La debilidad de los partidos afecta la capacidad del sistema político para formar dirigentes, construir proyectos de largo plazo y mantener una representación cohesionada después de las elecciones.
En ese contexto, el Parlamento no constituye el origen de la fragmentación, sino uno de los principales espacios donde se hace visible la pérdida de institucionalidad de los partidos políticos. Por tanto, la recomposición del sistema no dependería únicamente de acuerdos entre las actuales bancadas, sino de la recuperación de organizaciones capaces de generar liderazgos, mantener estructuras internas y representar proyectos políticos definidos.
