Aunque ya han pasado algunos años, siempre que regresaba, no podía faltar que uno de los lugares a visitar dentro de la casa, era donde estaba una de las gavetas del closet, con las múltiples fotos en blanco y negro, donde se registraban años desde mi infancia, el nacimiento mis hermanos, abuelos, primos, amigos cercanos – los del barrio – verlos crecer y multiplicarse con los primeros nietos de la familia.
En las primeras ocasiones le pedí permiso a mi madre, para tomar algunas físicamente – no tenía ni cámara, y menos celular – hecho que ella asumió a regañadientes, es decir el desprenderse de la historia recogida en dichas imágenes, cuyas tonalidades cambiaban con el decurso del tiempo a grises y, en algunos casos, deterioradas en sus bordes.
En una y única ocasión – ya hace más de 10 años – pudimos reunirnos en casa de uno de mis hermanos varones, donde una muestra de recibimiento, a un costado de la escalera, era un mural con las fotos que procedían de la misma gaveta, del mismo closet. Pero en esta ocasión el número era mucho mayor; por supuesto recibimos (mi hermana y yo) un tour de recuerdos, acompañados de nostalgia, pero en esta ocasión nos veíamos todos, presencialmente.
La jornada fue fabulosa, inolvidable, pero en esta ocasión las fotos tomadas eran en colores – lo que daba un sentido de los avances tecnológicos y ligado a ello la profundidad del color por pixel (*) donde se incorporan los colores primarios (rojo, verde y azul) y sus múltiples combinaciones. Durante casi ¿8 horas?, conversamos, sentados donde había sillas (éramos muchos), que por suerte aguantaban hasta dos y cuyo espacio reducido nos permitía abrazarnos, estar más cerca, como señal de rescatar los momentos separados por el azar de las vidas, dados los rumbos que en su momento decidió cada cual.
No podían faltar las comidas típicas, esas que añorábamos de siempre, sin importar el exceso de calorías proporcionadas por carbohidratos, proteínas y lípidos; qué decir de la música, esa con la que, con los primeros sonidos de la clave, el bongó, la tumbadora, acompañado del eco con nuestras palmadas, sin mucha resistencia, transformábamos parte de la pequeña sala en un “amplio” salón de bailes.
Se tomaron fotos de todo – como constancia gráfica – fotos tradicionales: mamá e hijos; la familia en toda su extensión, aprovechándonos para apretarnos una vez más, sentados a la mesa… en fin, fue un día histórico. Pero en esta ocasión no todas las imágenes irían a parar a un álbum físico, sino a uno virtual.
Imágenes que una y otra vez son recordadas – de forma cíclica, con un período determinado (años) – por la magia de la programación de quienes diseñan las redes, y que te sorprenden, sencillamente porque muchas nos las recuerdas, cuya impresión primera causa una leve sonrisa y cuya mente prodigiosa te traslada a ese momento (y posiblemente siendo único, ya que una vez observada “desaparece”, si no aprovechas para descargarla), inclusive unos tantos atrás.
Algo parecido a cuando apreciabas las fotos dispersas, ¿recuerdas?, en la gaveta o bien un álbum cuyo fondo era negro y que solía sostenerlas bien por esquineros o por bolsitas transparentes en modo protección, que no solíamos respetar, sencillamente las sacábamos.
Si bien el tiempo a veces nos parece que transcurre muy rápido, más cuando nos lo recuerdan o lo recordamos, creo que la vida requiere de ese mismo instante, de dejar lo que la haya que dejar, haciéndolas a un lado y convivir con los que están y los que no están: en ambos casos, no faltarán las sonrisas, las lágrimas…
«El pasado no desaparece, le gusta esconderse en la música, en las calles, en los sueños, y… en los recuerdos».
(*) En informática, se considera la unidad mínima que forma una imagen digital.
El autor es Licenciado en Ciencias Pedagógicas.
