En mayo de 1830, cuando el explorador y naturalista francés Alcide Charles Victor Marie Dessalines d’Orbigny pisó por primera vez el territorio de la República de Bolivia, la joven nación contaba apenas con cinco años de vida independiente. Comisionado por el Muséum National d’Histoire Naturelle de París para llevar a cabo una ambiciosa expedición científica por América del Sur, d’Orbigny dedicaría tres años decisivos —de mayo de 1830 a junio de 1833— a recorrer los geocontextos más diversos del país.
Lejos de ser un mero catálogo de especímenes botánicos y zoológicos, la travesía de d’Orbigny se transformó en la primera radiografía integral, científica, antropogeográfica y social de Bolivia. Este logro de alcance universal no habría alcanzado tal magnitud sin la feliz confluencia de dos factores determinantes: la rigurosa perspicacia metódica del sabio francés y el decidido mecenazgo estatal brindado por el presidente Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana.
Para comprender la Bolivia que d’Orbigny encontró a su llegada en 1830, es indispensable analizar la vertiginosa gestación institucional del Estado, un proceso iniciado con la fundación de la República el 6 de agosto de 1825 y consolidado con la aprobación de su primera Constitución Política en 1826. Tras quince años de sangrienta contienda libertadora en el Alto Perú, las provincias altiplánicas y orientales convocaron a la Asamblea Deliberante en la ciudad de Chuquisaca. El 6 de agosto de 1825, los diputados representantes de las provincias firmaron el Acta de Independencia, erigiendo un nuevo Estado soberano bautizado inicialmente como República de Bolívar, rompiendo definitivamente sus vínculos de dependencia con la corona española y con los virreinatos colindantes.
Al año siguiente, el General Antonio José de Sucre convocó al Soberano Congreso Constituyente para dotar a la nueva patria de su norma fundamental. La Asamblea Constituyente instalada en 1826 contó con la destacada participación de ilustres patricios de las diversas provincias, entre ellos el doctor José Manuel Loza como diputado por La Paz, quienes debatieron, redactaron y firmaron el texto de la primera Constitución Política del Estado, sancionada y promulgada ese mismo año. Esta carta magna, enviada en su proyecto original por el Libertador Simón Bolívar, estableció la división clásica de poderes, la abolición formal de la esclavitud, el reconocimiento de los derechos civiles y las bases organizativas sobre las cuales comenzaría a estructurarse la administración pública del país.
Cinco años después de aquella fundación, la relación entre el poder político y la investigación científica en la naciente república encontró en el binomio Andrés de Santa Cruz y Alcide d’Orbigny uno de sus capítulos más fecundos. El presidente Santa Cruz comprendió desde el primer momento de su gestión que el conocimiento exhaustivo del territorio, sus recursos naturales, sus vías fluviales navegables y sus poblaciones constituía una condición indispensable para el desarrollo económico y la consolidación de aquel Estado fundado en 1825. Al entrevistarse con el naturalista en Cochabamba, el presidente Santa Cruz no solo le dispensó una acogida de Estado, sino que facilitó los medios operativos indispensables para garantizar la viabilidad de la riesgosa misión: emitió salvoconductos dirigidos a todas las autoridades locales, subvencionó parte del equipamiento logístico con embarcaciones y guías nativos, y le encomendó formalmente la elaboración de mapas geográficos y estudios sobre la navegabilidad de los ríos orientales para los planes de integración territorial y salida al océano Atlántico.
La permanencia de d’Orbigny en Bolivia no se desarrolló como una simple travesía lineal, sino que estuvo estructurada en dos grandes etapas metodológicas que le permitieron abordar de manera científica los dos grandes polos geográficos del país: las tierras bajas del oriente y la Amazonía en su primer viaje, y las tierras altas de los valles y el Altiplano andino en su segundo viaje.
El primer viaje (1830–1832) estuvo dedicado a estudiar la biodiversidad de las llanuras orientales, las redes fluviales, las antiguas misiones jesuíticas y las selvas tropicales. Tras ingresar por la costa y pasar por La Paz y Cochabamba, d’Orbigny cruzó hacia Santa Cruz de la Sierra en noviembre de 1830, fijando allí su residencia durante ocho meses continuos, el periodo más prolongado de su estancia en un solo lugar. Documentó la vida cotidiana cruceña, la arquitectura local, el clima y los bosques secos del Chaco. Incursionó por la Chiquitania y posteriormente se adentró en la provincia de Moxos y la ciudad de Trinidad, navegando por los ríos Secure, Mamoré e Iténez en piraguas manejadas por indígenas nativos para estudiar la vegetación exuberante y la ornitología de las pampas de inundación. De regreso atravesó la selva del Chapare, conviviendo con los indígenas yuracarés. Los resultados de este primer periplo incluyeron la clasificación de cientos de especies de mamíferos, aves, peces e insectos, el registro de la Victoria amazonica, la recopilación de gramáticas y datos antropométricos de pueblos chiquitanos, moxeños, movimas, canichanas y sirionós, y el levantamiento de los primeros mapas náuticos rigurosos de la red hídrica del Beni.
El segundo viaje (1832–1833) se enfocó en la estructura geológica, la minería y la arqueología andina. Tras retornar a Cochabamba a mediados de 1832 para rendir informe al presidente Santa Cruz y obtener nuevos recursos, se dirigió a Chuquisaca (Sucre), capital de la República y cuna de la Asamblea de 1825, donde elogió el refinamiento de su sociedad, sus instituciones académicas y la arquitectura neoclásica. Ascendió luego a Potosí, realizando una profunda inspección técnica de las vetas argentíferas del Cerro Rico, las aducciones de las lagunas coloniales y el estado de la minería. Posteriormente atravesó Oruro, analizando las cuencas salinas y la geología altiplánica. En abril de 1833 regresó a La Paz y emprendió su célebre expedición a las ruinas de Tiwanaku. Fascinado por la monumentalidad de las construcciones de piedra, realizó mediciones métricas, levantó planos topográficos y dibujó minuciosamente la Portada del Sol y los monolitos. Este segundo viaje dio como resultado la determinación de la estructura tectónica de los Andes, la clasificación de estratos rocosos del Paleozoico, el inicio de la arqueología científica que demostró a Europa la existencia de una avanzada civilización monumental autóctona en Tiwanaku, y la consolidación de sus tesis antropológicas sobre las naciones Quechua y Aymara.
A su retorno a París, la sistematización de miles de muestras geológicas, herbarios, animales disecados y diarios de campo se materializó en una producción bibliográfica monumental. Su obra principal, Voyage dans l’Amérique méridionale (1835–1847), articulada en 9 volúmenes de texto y 3 de atlas, incluyó el tomo dedicado a la Descripción geográfica, histórica y estadística de Bolivia, que funcionó como la primera enciclopedia nacional del país. Asimismo, en L’Homme Américain (1839), sentó las bases de la antropología física continental al clasificar a los pueblos indígenas en los grupos Andino-Aymara, Pampa-Moxeña y Brasileo-Guaraní, mientras que sus investigaciones sobre microfósiles le valieron el reconocimiento como el padre de la micropaleontología.
El viaje de Alcide d’Orbigny por Bolivia trasciende la mera crónica de exploración científica; representó un acto fundamental de invención y reconocimiento de una Nación ante el mundo. Aquella república fundada el 6 de agosto de 1825 y dotada de su primera Carta Magna en la Asamblea Constituyente de 1826 encontró en el sabio francés a su primer gran cronista e investigador. Gracias al encuentro visionario entre la rigurosidad de d’Orbigny y el respaldo institucional del Mariscal Andrés de Santa Cruz, Bolivia no solo obtuvo sus primeros mapas precisos y su primer diagnóstico de recursos naturales, sino también la perennidad de su soberanía, su diversidad étnica y su invaluable patrimonio histórico.
El autor es periodista.
