Desde que Bolivia abandonó el tipo de cambio fijo, la pregunta que domina el debate económico parece inevitable: ¿a cuánto llegará el dólar la próxima semana? La reciente proyección que estima una cotización de Bs 13,37 hacia finales de agosto responde precisamente a esa inquietud mediante una regresión lineal. El ejercicio es interesante, pero también puede crear una falsa sensación de precisión en un momento en que la economía atraviesa uno de los cambios de régimen más importantes de las últimas décadas.
La razón es sencilla. Una regresión lineal supone que el comportamiento reciente continuará de manera relativamente estable. Ese supuesto puede funcionar en mercados maduros, pero pierde fuerza cuando un país acaba de abandonar un régimen cambiario que permaneció prácticamente inalterado durante quince años. La serie utilizada contiene apenas unas pocas observaciones y todas corresponden a un mismo episodio excepcional: el descubrimiento del nuevo precio del boliviano. En estas condiciones, el mercado puede experimentar aceleraciones, sobreajustes, correcciones o bruscos cambios de expectativas. Una línea recta difícilmente puede describir esa dinámica.
Sin embargo, la principal limitación no es estadística, sino económica. El análisis supone implícitamente que el precio del dólar depende principalmente de la escasez de divisas. Esa explicación es incompleta. La disponibilidad de dólares influye, pero no determina por sí sola la trayectoria futura del tipo de cambio. El factor decisivo probablemente será la inflación.
Habitualmente se afirma que la depreciación del boliviano genera inflación. Es cierto. Pero la relación también opera en sentido inverso y, en el mediano plazo, puede ser incluso más poderosa: una inflación persistentemente elevada termina provocando nuevas depreciaciones del tipo de cambio.
Supongamos que Bolivia registra una inflación cercana al 22%, mientras Brasil mantiene alrededor del 3 %, Perú el 2%, Chile el 4% y China el 1%. Aunque el dólar permaneciera estable durante algunas semanas, Bolivia perdería rápidamente competitividad porque sus costos internos crecerían mucho más que los de sus principales competidores. El mercado terminaría presionando por una nueva depreciación para restablecer ese equilibrio.
Este mecanismo, desarrollado por Heiner Flassbeck, cambia completamente la interpretación del fenómeno actual. No siempre es el dólar el que impulsa la inflación; muchas veces es la inflación la que termina empujando nuevamente al dólar. Si la inflación converge hacia niveles entre 20% y 24%, la depreciación observada desde Bs 9,73 hasta alrededor de Bs 11,37 difícilmente será el ajuste definitivo. El mercado incorporará esa inflación en sus expectativas y continuará corrigiendo el precio de la divisa.
El verdadero riesgo es la formación de una espiral entre inflación y depreciación. La devaluación inicial eleva costos; esos mayores costos alimentan la inflación; la inflación deteriora nuevamente la competitividad; y esa pérdida termina exigiendo otra depreciación. Si ese círculo no se rompe rápidamente mediante una política fiscal y monetaria creíble, las expectativas anticiparán nuevas devaluaciones y el proceso tenderá a acelerarse.
La especulación también influye, pero conviene dimensionarla correctamente. Rara vez crea una tendencia; normalmente la amplifica. Cuando empresas e importadores esperan nuevas depreciaciones, adelantan sus compras de divisas y refuerzan parcialmente esas expectativas. Keynes describía este fenómeno como un proceso de expectativas autorrealizadas.
La discusión, por tanto, debería abandonar la obsesión por responder cuánto costará el dólar la próxima semana y concentrarse en una pregunta mucho más importante: ¿cómo estabilizar el tipo de cambio de manera sostenible? La respuesta exige disciplina fiscal, credibilidad monetaria, reconstrucción de reservas y una rápida reducción de la inflación.
Pero existe una consecuencia aún más dura. Toda depreciación obliga a un reajuste de los precios relativos. Importaciones, insumos y transporte se encarecen. Para recuperar competitividad internacional también deberán ajustarse aquellos costos internos que crecieron muy por encima de la productividad durante los años de bonanza. Esto significa que muchos costos —incluidos los laborales— hoy resultan demasiado elevados en relación con la productividad y frente a la competencia internacional, aunque continúen siendo bajos en términos absolutos.
Ese es, probablemente, el regalo más costoso que deja la política económica del MAS: no solo para la economía boliviana, sino también para sus trabajadores. El ajuste que durante años fue postergado terminará recayendo sobre ellos. La economía internacional es implacable. Durante la bonanza Bolivia creyó haber subido treinta pisos en el edificio del desarrollo, cuando en realidad apenas pasó del primer al tercer piso. Hoy, como consecuencia de dos décadas de despilfarro y malas decisiones económicas, el país ha descendido hasta el primer sótano. Desde allí no existen atajos. Solo queda reconstruir productividad, estabilidad y competitividad. La verdadera batalla no es adivinar el próximo precio del dólar; es recuperar una economía capaz de sostener el valor de su propia moneda competitiva.
El autor es economista PhD, consultor internacional.
