Hay pocas cosas capaces de cambiar por completo el rumbo de una conversación como una pelota rodando. Basta que alguien pregunte «¿a qué hora juega?» para que cualquier otro tema pase automáticamente al banco de suplentes. Durante un Mundial, el fútbol deja de ser un tema y se convierte en el tema.
Un Mundial no sólo se juega en los estadios. También ocurre en casas, cafés, oficinas o cualquier lugar donde haya un televisor encendido. Durante unas semanas, reorganiza horarios, cambia rutinas y convierte cualquier pausa en una excusa para mirar un partido. El Mundial convierte al planeta en una sobremesa futbolera.
Los bolivianos, otra vez, miramos el torneo sin estar en él, pero nunca como espectadores resignados. Porque el fútbol tiene una costumbre maravillosa: nunca te deja completamente afuera. Siempre encuentra la manera de adoptarte. Así, uno termina celebrando un gol ajeno, simpatizando con la sorpresa del torneo o defendiendo a una selección que hace dos semanas apenas ubicaba en el mapa. El Mundial es el único lugar donde uno puede sufrir por un país que jamás visitó.
En mi caso, además, hay un campeonato paralelo. Un grupo de WhatsApp de apuestas donde el dinero es apenas un pretexto. Lo importante son las cargadas, las referencias futboleras, los stickers que prometen buena suerte, las “ayuditas” de la IA para afinar los pronósticos y ese fenómeno tan democrático del fútbol: quienes ganaron una quiniela anterior, ahora pelean los últimos puestos de la tabla.
Quizá por eso los Mundiales rara vez se recuerdan sólo por el campeón. También lo hacen por el partido que vimos con determinada persona, por el gol que cambió una tarde cualquiera, por el pronóstico imposible que alguien acertó de casualidad o por esa discusión que sigue abierta años después. Porque, claro, para alguien, todavía no era penal.
Los Mundiales terminan cuando alguien levanta la Copa. El fútbol, en cambio, juega su mejor prórroga en la memoria.
LA COLUMNA
LA CONVERSACIÓN DEL MUNDO
Giannina Machicado
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