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LA COLUMNA

«Messi, el tiempo y el privilegio de estar aquí».

Hay días en los que el fútbol parece empeñado en escribir poesía. Este 22 de junio fue uno de ellos. Mientras Argentina recordaba los 40 años de aquella tarde inolvidable en México 1986, cuando Diego Armando Maradona dejó para siempre su huella con la célebre “Mano de Dios” frente a Inglaterra, Lionel Messi eligió la misma fecha para volver a desafiar la historia.
Con sus dos goles ante Austria, el capitán argentino llegó a 18 tantos en Copas del Mundo y se convirtió en el máximo goleador de la historia de los Mundiales. Un récord gigantesco que lo coloca por encima de Miroslav Klose y que confirma algo que hace tiempo dejó de ser una discusión: estamos viendo a uno de los futbolistas más extraordinarios que ha dado este deporte.
Las comparaciones entre Maradona y Messi seguirán existiendo porque forman parte de la esencia del fútbol argentino. Sin embargo, más allá de los debates, hay una realidad imposible de ignorar. Muchos de quienes hoy celebran las hazañas de Messi nunca tuvieron la oportunidad de ver a Maradona en una cancha. Conocieron sus gambetas a través de videos, relatos y documentales. Escucharon hablar de su magia como quien escucha una leyenda.
Pero esta generación tiene otro privilegio. Tiene la posibilidad de ver en vivo a Lionel Messi. De emocionarse con cada pase, cada asistencia y cada gol. De observar cómo un futbolista que está a punto de cumplir 39 años sigue siendo decisivo en el escenario más exigente del planeta. De contarles a sus hijos y nietos que estuvieron allí cuando el número diez rompió récords que parecían eternos.
Porque los grandes deportistas trascienden las estadísticas. Nos regalan recuerdos. Nos unen frente a una pantalla. Nos obligan a detener la rutina para contemplar algo excepcional. Y Messi lleva más de dos décadas haciéndolo.
Quizá dentro de muchos años, cuando alguien pregunte cómo era verlo jugar, la respuesta sea simple: era un privilegio. Un privilegio que no siempre supimos dimensionar. Por eso vale la pena disfrutarlo mientras sucede. Porque el tiempo pasa para todos, incluso para los genios. Y porque días como este nos recuerdan que el fútbol es más lindo, más apasionante y más humano cuando tiene protagonistas capaces de convertir la historia en presente.
Y Lionel Messi, una vez más, acaba de hacerlo.

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