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Muestra colectiva

Altamira Galería de Arte conmemora una década de vigencia junto a maestros de la plástica nacional

- El 18 de junio, el espacio paceño inaugura su exposición número 135 para celebrar una década de trayectoria. Recorrido que transformó una pequeña casa en San Miguel en una infraestructura propia diseñada especialmente para el arte

Por Susana Gutiérrez

 

El panorama de las artes plásticas en Bolivia posee una corriente vigorosa que se renueva de forma constante, pero el circuito comercial que sostiene a sus creadores exige un ritmo y una rigurosidad que no siempre son visibles al público. El próximo 18 de junio, Altamira Galería de Arte alcanzará una cifra que da cuenta de esa constancia: la inauguración de su Exposición 135,  muestra colectiva que conmemora su décimo aniversario.

 

Para Ariel Mustafá, director del espacio, mirar hacia atrás implica inevitablemente conectar la memoria con la literatura. Al evocar el origen de este proyecto, asoma un guiño a Cien años de soledad: “Frente a la inminencia de este décimo aniversario, recordé la tarde en que decidimos volver a intentar convertirnos en galeristas”, señala Mustafá, apuntando que, al igual que el coronel Aureliano Buendía frente al hielo, en ese reencuentro con el oficio descubrieron un camino que les cambiaría la vida.

 

Apuesta por los consagrados y el valor del mercado

 

Cuando Altamira abrió sus puertas en junio de 2016, el horizonte no estaba del todo planificado, pero sí existía una certeza conceptual nacida de experiencias previas. Al notar que los artistas de gran trayectoria y creadores consagrados carecían de espacios continuos para exhibir su producción, la galería decidió darles prioridad, asumiendo el costo de postergar la presencia de firmas emergentes para respaldar a quienes habían dedicado su vida entera a las artes plásticas.

 

Junto a esa línea curatorial, llegó una definición de principios que sacudió los códigos habituales del entorno cultural local, la renuncia explícita al término de gestores culturales. “Decidimos convertirnos en lo que realmente somos: comerciantes de arte”, afirma Mustafá. “En francés suena mejor ser marchand, y su correlato en inglés, más taxativo, ser art dealer, pero en el fondo sabíamos que debíamos pensarnos en el arte desde la otra orilla, desde la mirada del mercado”.

 

Al principio, cuando hablábamos abiertamente de esto, la gente esbozaba una sonrisa cómplice. “Tal vez era su manera de decirnos que éramos muy graciosos; no serios, pero sí graciosos”, recuerda. “Solo cuando se daban cuenta de que realmente hablábamos en serio, tomaban en cuenta nuestras palabras. Y es que mezclar el arte con el ‘vil dinero’ no era algo que se escuchara a menudo en el mundo del arte, por lo menos no en nuestro país”.

 

Sin embargo, el planteamiento demostró efectividad. “Si el arte es un generador de riqueza en todo el mundo, ¿por qué no serlo en Bolivia?”, cuestiona el Directorde la galería, destacando la sólida tradición de pintores y escultores nacionales que, generación tras generación, producen y venden con éxito.

 

La maquinaria de las tres semanas

Sostener 135 exposiciones en una década exige una disciplina milimétrica. El ritmo de Altamira implica renovar sus paredes cada tres semanas sin falta. La única excepción ocurrió en 2020, cuando las restricciones de la pandemia obligaron al espacio a mutar temporalmente de galería a tienda de cuadros.

Esta rigurosidad se extiende a sus catálogos impresos. Aquel documento de la exposición 001, entregado a menos de un centenar de personas en 2016, contrasta con el volumen de la muestra aniversario actual, que llegará a casi 1.500 destinatarios.

Esta exigencia en los plazos de entrega de obras y en el cumplimiento estricto del calendario anual suele generar fricciones creativas, pero los artistas han encontrado en este método una garantía de beneficio mutuo que se traslada de forma directa a los coleccionistas y compradores.

 

Infraestructura, subastas y expansión editorial

El crecimiento físico de la galería acompaña su evolución comercial. El proyecto comenzó en un espacio de algo más de 100 metros cuadrados en una pequeña casa en San Miguel, cuyas paredes fueron derribadas para albergar los lienzos. Para 2017, la implementación de un sistema pionero de rieles y rejas duplicó la capacidad de exhibición, innovación técnica que en ese momento solo manejaban los museos.

La expansión también tocó otras geografías y formatos. En 2019, la firma se extendió a Santa Cruz, consolidando una importante cartera de clientes en el Oriente boliviano. Asimismo, la dinámica de las subastas —que se remonta a 2014— se convirtió en una tradición institucional que suma 22 versiones, incluyendo las tradicionales citas a beneficio de Operación Sonrisa junto al Banco de Crédito de Bolivia (BCP), replicadas este año en territorio cruceño.

 

El ecosistema de Altamira se fortaleció en los últimos años a través de dos avances fundamentales:

La consolidación arquitectónica (2023): La antigua casa dio paso a una estructura diseñada y construida desde los cimientos específicamente para funcionar como galería, lo que dotó al espacio de una de las infraestructuras privadas más destacadas y modernas del país dedicada a las artes visuales.

El sello editorial: Iniciado en 2020 con el libro Arte contemporáneo en Bolivia, el catálogo editorial ha sumado monografías clave como las de Mario Conde (2024), Fortunato Maldonado y la reciente publicación de El maravilloso mundo de Alicia, de Alicia Kavlin.

Gratitudes e identidad

Detrás de las cifras, Ariel Mustafá reconoce que el papel resulta insuficiente para registrar a todos los aliados de este trayecto. Aun así, la memoria de la galería destaca el respaldo imprescindible de figuras clave como Oscar Ballón, Jimena Siles, Christian Hausherr, Mario Conde, Óscar Fiorilo, Mario Rivera, Lidia de Lara, José Piñero, Carlos Maldonado y Michael Palza, junto al recuerdo de los grandes ausentes, Rita del Solar y Jorge Mustaffá. Sin embargo, al momento del balance final y desde el sentimiento más profundo del Director, la identidad misma del espacio se reduce a una dedicatoria personal y absoluta: “Daniela, tú eres Altamira”, confiesa Mustafá.

La Exposición 135 no es solo la celebración de un aniversario; es la constatación de que el mercado del arte en Bolivia, cuando se asume con profesionalismo y estructura, es una realidad sostenible.

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