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El tiempo de Dios en tiempos de crisis

Marcelo Miranda Loayza

La profunda crisis que atraviesa Bolivia no constituye una realidad novedosa. Durante los últimos años, el país ha experimentado tensiones sociales, económicas, morales e incluso estructurales que han debilitado la cohesión nacional. En este contexto, las posturas aparentemente irreconciliables entre identidad y dignidad han contribuido a la fragmentación del tejido social. Frente a esta situación, resulta pertinente reflexionar sobre una dimensión frecuentemente olvidada: la existencia de un tiempo que trasciende la temporalidad humana, el tiempo de Dios o kairos, que se sitúa por encima del tiempo cronológico o cronos.
Comprender la relación entre estas dos concepciones del tiempo exige reconocer que la experiencia humana se desarrolla dentro de un marco lineal y finito. Nuestra existencia posee un inicio y un final, y la historia se percibe como una sucesión continua de acontecimientos que avanzan de manera irreversible. Este es el ámbito propio del cronos, el tiempo medible y cuantificable que organiza la vida cotidiana de las personas y de las sociedades.
Por el contrario, la tradición cristiana ha comprendido el kairos como el tiempo de Dios, una dimensión trascendente que supera las limitaciones de la temporalidad humana. No se trata simplemente de un tiempo más extenso, sino de una realidad cualitativamente distinta, capaz de otorgar sentido, orientación y profundidad a la historia. Podría entenderse como un “supra tiempo” que se entrelaza con el devenir humano sin quedar limitado por él. Esta interacción entre el tiempo divino y el tiempo humano permite comprender que la historia no es una sucesión caótica de acontecimientos aislados.
Cuando el ser humano reconoce la presencia de Dios en su vida y en la realidad social, descubre que los acontecimientos poseen un significado que trasciende las circunstancias inmediatas. El kairos ofrece una perspectiva desde la cual los desafíos y las crisis adquieren una dimensión más amplia y esperanzadora.
Sin embargo, cuando las personas y las sociedades se alejan de Dios, esta conexión con el tiempo trascendente se debilita considerablemente, no porque Dios retire su presencia de la historia, sino porque el ser humano decide prescindir de ella. La voluntad divina permanece actuando, pero la capacidad humana para reconocerla disminuye a medida que crece la autosuficiencia y el individualismo. Una de las manifestaciones más evidentes de esta desconexión es la sensación generalizada de que el tiempo se acelera constantemente.
Expresiones cotidianas como “el tiempo pasa demasiado rápido” o “ya no hay tiempo para nada” reflejan una experiencia existencial marcada por la pérdida de sentido. La vida queda reducida a la resolución inmediata de problemas individuales, mientras desaparece la referencia a un horizonte trascendente que otorgue unidad y propósito a la existencia, pareciera que la historia avanzase sin dirección clara y por ende el futuro se percibe con incertidumbre.
Bolivia no es ajena a esta realidad. Durante más de dos décadas, el país ha estado expuesto a dinámicas políticas y mediáticas que han favorecido la confrontación permanente y la polarización social. En este escenario, la atención pública ha quedado centrada en el conflicto constante, relegando progresivamente la reflexión sobre los fundamentos éticos y espirituales que sostienen la convivencia humana. La crisis boliviana, por tanto, no puede interpretarse únicamente desde variables económicas o políticas, pues detrás de las dificultades visibles existe una problemática más profunda relacionada con la dimensión moral y espiritual de la sociedad.
En este sentido, la tensión entre identidad y dignidad adquiere una relevancia particular. Cuando la identidad se construye desde el egoísmo, el resentimiento o el racismo, termina convirtiéndose en un factor de exclusión; la persona deja de reconocer en el otro a un semejante y lo percibe únicamente como un adversario. Por el contrario, la dignidad humana posee un fundamento más profundo y universal, ya que nace del derecho natural y de la condición intrínseca de toda persona, independientemente de su origen, cultura, posición social o pertenencia política.
Por todo ello, resulta urgente recuperar la conciencia del tiempo de Dios en medio de la crisis que atraviesa Bolivia. Reconocer el kairos como el supra tiempo que da coherencia al cronos permite comprender que la historia humana no está abandonada al azar ni sometida exclusivamente a los intereses particulares; ya que por encima de cualquier proyecto político, ideológico o personal, permanece la voluntad divina, fuente última de sentido, justicia y esperanza. Solo desde esta perspectiva será posible reconstruir una Bolivia auténticamente humana, fundada en la dignidad de toda persona y orientada hacia el bien común.

El autor es teólogo, escritor y educador.

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