Todas las Marilyn posibles caben en la breve e intensa vida de Marilyn Monroe. Fallecida a los 36 años por una sobredosis de barbitúricos, la actriz sigue siendo un enigma absoluto que el público se resiste a descifrar del todo. Ahora, la National Portrait Gallery de Londres busca develar las capas de su misterio con una ambiciosa exposición que recorre su camino desde que era una joven modelo llamada Norma Jean hasta convertirse en el mayor icono pop de la historia.
La muestra, que coincide con la semana en la que se habría cumplido el centenario de su nacimiento, consta de 200 objetos procedentes de museos y colecciones privadas. Entre las piezas más destacadas se encuentran vestidos originales de sus rodajes, sus icónicos zapatos blancos Ferragamo, guiones anotados de su puño y letra y cartas de admiradores. Sin embargo, el verdadero corazón de la exhibición reside en sus retratos.
De la calle al estrellato
Marilyn Monroe ostenta el título de ser una de las artistas más fotografiadas de todos los tiempos, rivalizando en popularidad con la mismísima reina Isabel II, según destacó la comisaria de la muestra, Rosie Broadley.
La exposición ofrece un viaje visual que arranca con imágenes de su adolescencia —incluyendo una captura de fotomatón de 1940— y avanza hacia las grandes series fotográficas de sus películas más míticas, tales como La tentación vive arriba (The Seven Year Itch): con la legendaria escena de la falda blanca sobre la rejilla de ventilación. Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot). Vidas rebeldes (The Misfits).
«Sabía llamar a la lente mejor que ninguna artista a la que haya fotografiado nunca», llegó a afirmar el célebre fotógrafo Philippe Halsman, uno de los muchos que cayeron rendidos ante su magnetismo.
Intelectual, independiente y quebradiza
Más allá de la fachada de bomba seductora que devoró el imaginario colectivo, la exposición se esfuerza por mostrar a la mujer real. Una instantánea la retrata concentrada leyendo el Ulises de James Joyce; otras la capturan en la más absoluta cotidianeidad: maquillándose en el baño de un aeropuerto, leyendo el periódico en un parque o simplemente durmiendo.
Los fotógrafos de la época supieron ver la fragilidad que se escondía detrás de su deslumbrante sonrisa. Cecil Beaton, tras retratarla en Nueva York, dejó una frase premonitoria: «Es una actuación simple, animada, de alegría contagiosa, pero probablemente acabará en lágrimas».
Nombres de la talla de Eve Arnold, Inge Morath y Milton Greene compitieron por inmortalizarla para portadas de revistas como Vogue, Life o Harper’s Bazaar. Pero Marilyn no era una marioneta del sistema. La directora del museo, Victoria Syddall, recalca que la muestra celebra también su determinación e independencia. Llegó a fundar su propia productora para escapar del férreo control de los estudios de Hollywood y decidir qué personajes quería interpretar.
Control absoluto de su propia imagen
El perfeccionismo de Monroe y el cansancio que le producía el encasillamiento sexual quedan patentes en una de las anécdotas más reveladoras de la exposición. En 1962, meses antes de su muerte, el fotógrafo Ben Stern intentó «ablandarla» con champán y caviar durante una sesión de varias horas en un hotel. Marilyn, firme dueña de su destino visual, exigió revisar las 2.500 tomas realizadas y tachó personalmente la mayoría por considerarlas excesivamente provocativas; se había hartado de la etiqueta de sex symbol.
La exposición cierra el círculo de la fascinación con el arte póstumo que generó su trágico final. Entre las obras expuestas destacan las icónicas serigrafías pop de Andy Warhol y las pinturas de la artista británica Pauline Boty, demostrando que, a cien años de su nacimiento, la mirada de Marilyn sigue tan viva y magnética como el primer día.
