Para el periodismo boliviano, mayo es un mes de introspección doble. Entre la conmemoración del Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo) y el Día del Periodista Boliviano (10 de mayo), la profesión se encuentra en un estado de alerta permanente. No festejamos una situación de privilegio, sino la persistencia de un oficio que, a pesar de los reveses, se niega a claudicar.
Hoy, el periodismo en Bolivia enfrenta una “tormenta perfecta”, donde convergen el autoritarismo populista, una asfixia económica deliberada y una transformación tecnológica que ha cambiado las reglas del juego. El primer desafío es el asedio del autoritarismo, que el MAS practicó sin clemencia. En los últimos lustros, hemos pasado de las agresiones físicas en coberturas periodísticas a un hostigamiento judicial y estigmatización desde las esferas del poder. El MAS trató de instalar el relato de que el periodista crítico es un “actor político” de oposición para deslegitimar cualquier fiscalización. Pero la libertad de prensa no es una concesión estatal, sino un derecho de la ciudadanía a estar informada; cuando se silencia a un periodista o se lo amedrenta con procesos penales, es el derecho de la sociedad el que se vulnera.
En Bolivia, la falta de transparencia en el acceso a la información pública sigue siendo la norma, convirtiendo la investigación periodística en una carrera de obstáculos contra el secretismo oficial. A esto se suma la crisis económica que estrangula a los medios tradicionales. La discrecionalidad en la asignación de la pauta publicitaria estatal se ha utilizado históricamente como un mecanismo de premio y castigo: publicidad para el “amigo” y asfixia para el crítico. Este “garrote económico” ha debilitado las redacciones, precarizando el trabajo del periodista y obligando al cierre de espacios informativos vitales. Un periodismo sin sostenibilidad económica es un periodismo débil, propenso a la autocensura o a la desaparición, dejando el ecosistema democrático en manos de la propaganda.
Finalmente, la irrupción tecnológica presenta un dilema existencial. Si bien las herramientas digitales han democratizado la emisión de mensajes, también han inundado el espacio público de desinformación y “fake news”. En este escenario, el algoritmo a menudo premia el escándalo sobre la verificación. Bolivia no es ajena a esta polarización digital, donde las “guerras de clics” y los ataques de granjas de troles intentan sepultar los hechos bajo una montaña de ruido. El desafío digital no es solo técnico, es ético: ¿cómo sostener la calidad y el rigor cuando la audiencia consume contenidos de 15 segundos sin contrastar fuentes?
Ante este panorama, la respuesta no es la rendición, sino la reafirmación de nuestros principios. El periodismo boliviano debe apostar por la colaboración y la innovación. Frente al autoritarismo, más unidad gremial; frente a la crisis, nuevos modelos de suscripción y lealtad con la audiencia; frente al ruido digital, más verificación y profundidad. En este mayo, la reflexión es clara: la libertad de prensa es el termómetro de nuestra democracia. Si la prensa respira con dificultad, la democracia está en cuidados intensivos. Defender el oficio es, en última instancia, defender la libertad de cada ciudadano boliviano.
La prensa entre acoso del poder y alud digital
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